|
Cuéntame, por favor no recuerdo… que pasó– decía la temblorosa voz.
– Mañana no insistas. – Después de una pausa Pedro agregó– Por algo la mente olvida las cosas. El inconsciente es sabio, pero si quieres realmente que te lo cuente espera a mañana. Yo también quiero que recuerdes – Después intranquilamente durmió, muy contrario al sueño de Miguel, su hermano menor.
A la mañana siguiente después del melancólico desayuno, mientras veían un ave comer en el patio de su casa Pedro empezó:
–En una noche de lluvia que caminabas con un impermeable encontraste una cantina abierta y entraste. Entramos, yo iba contigo. Había un ambiente de tristeza que ni el alcohol mitigaba. No había persona hay sobria, tal vez el cantinero. Las lámparas destellaban la misma luz que una vela. Te sentaste en la barra. Yo me arriesgue a ir a usar la rocola. Hubiera sido mejor no entrar –Pedro hizo una pausa donde tomo agua, vio por la ventana pasar uno de las últimos gorriones que aun no emigraban; dio un suspiro, hondo, de los que llegan al alma y escupen su interior. Luego continuo–. Solo estábamos nosotros en la barra. Bueno, nosotros y otro hombre. Tú observaste al hombre, que parecía distanciado del mundo, ajeno a todo, pero también disgustado con todo. Estaba a tu lado, nos acompañaba. Estábamos callados sin decir algo. Tú pusiste tema de conversación. El hombre seguía en su mundo, indiferente a nosotros y nosotros de él. Durante media hora platicamos hasta que la lluvia se sereno, decidimos salir… Entonces, azarosamente soltaste una última mirada al hombre de la barra, sus ojos dibujaron furia y los tuyos miedo.
– ¿Miedo?, ¿Pero po…
– La intensidad de sus ojos hacían temblar
|