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Renacer o morir
 

Título: Saliendo del Cine
Estilo: Fantásticas
 
 
Introducción
 

Autor: nefertiti11


Quedé haciendo tiempo hasta que mis hijos regresaran de los baños que estaban medio ocultos a un costado del hall del edificio.
La película había sido algo extensa pero entretenida y ellos la disfrutaron. En lo que a mí respecta esa era ya una recompensa más que generosa por las horas invertidas para esa tarde del domingo. Aunque, pensándolo bien, de no haberlos llevados a la función me pregunto en qué cosas importantes o trascendentes hubiera podido ocupar mi tiempo.
No hablo de diversión o pasatiempos, aun los más comunes y propios de la gente normal, porque la vida me había ido privando de los mismos por mil causas diferentes y de forma casi imperceptible, de ese modo artero, solapado, que día a día te van agregando esos horrorosos rictus a tu rostro que te convierten en uno más de la Legión.
Así que, después de todo, no me podía quejar de haber pasado un buen rato frente a la mentirosa realidad de la pantalla que me servía para huir de mis otras realidades.
Mientras caminaba en círculos estirando las piernas bajo las luces ya encendidas de la cartelera, eché un vistazo a mi alrededor con mi típica actitud desconfiada. Pocas personas paseaban por allí a pesar del momento. En realidad no sabía bien qué hacían, porque nunca logré entender del todo en qué consiste el acto de pasear, mas no sea que para escapar de un algo propio indefinido y perverso y que , tal vez , el hallarlo signifique la locura.
Como mis hijos demoraban en volver pude enfocar mejor mi atención en el paisaje de la calle. Fácil me fue distinguir entonces a un par de muchachos que se destacaban del resto por sus inconfesables y evidentes intenciones, bien disimuladas por cierto al amparo del colectivo rito del insensato ir y venir de las gentes que como dije antes no comprendo, pero que sirve de maravillas para hallar víctimas propiciatorias a la necedad de los menos avispados.
Eran hechos por desgracia cada vez más normales en una sociedad en consecuencia enferma, pero una sensación fea circuló por mi estómago. Además, los chicos estarían pronto a mi lado y decidí no correr riesgos. La clásica visita a la hamburguesería quedaría para mejor ocasión.
No había terminado de elucubrar estas precautorias ideas cuando vi que
Fernando y Maximiliano salían sonrientes y se encaminaban directamente hasta donde yo estaba. Lucían contentos y satisfechos y eso me levantó el ánimo.
Les expliqué lo que había observado y mi decisión de volver al hogar y lo
captaron en seguida y asintieron. Me pregunté si obraba bien al cargar a los
chicos de tantas aprehensiones. Había leído no recordaba qué acerca de
los temores infantiles y demás, pero creía firmemente que el mundo que
ellos vivirían como adultos no sería tan benevolente como éste, de forma que
con mi conciencia tramposamente tranquila echamos a andar en dirección
opuesta a la de los crápulas. A una calle de distancia se encontraba una parada
de taxis y ese gasto extra lo tenía contemplado en mi presupuesto de salida.
En el trayecto nuestras opiniones sobre el film visto se superponían sin
mucho orden ni coherencia pero todos estábamos de acuerdo en que la
película era buena de verdad. Mis pensamientos compartían ese circunstancial
debate con otros aspectos menos triviales y deprimentes como era costumbre en mi, que gozaba de esa extraña cualidad de pensar en varias cosas al mismo tiempo. Pero debimos posponer pronto aquel coloquio. Estábamos ya, solitarios por casualidad, parados al costado de una larga fila de automóviles con taxímetro y tuvimos la buena fortuna que justamente nos tocara viajar en uno de ellos que se hallaba disponible y que nos alejó pronto del lugar.
Subimos los tres en el asiento trasero y una parte de mi se predispuso a gozar de la travesía hasta donde fuera posible, luchando nuevamente contra mis conocidos fantasmas interiores procurando no ser derrotado en la batalla, como casi nunca ocurría.
Llegamos a destino antes de lo calculado transportados a través de la ciudad por un conductor taciturno pero hábil en lo suyo por lo que pude observar.
Al detenerse giró su cabeza hacia nosotros y con una voz que me resultó bastante desagradable por un algo inmaterial dijo:
- 5,80 $ -
Le entregué un billete de diez pesos mientras Fernando habría la puerta para descender.
El hosco sujeto comenzó a rebuscar el vuelto en su habitáculo y enseguida volvió a dar media vuelta al tiempo que extendió su brazo, que me pareció una peligrosa garra de ave de rapiña, con varias monedas en su mano. Recogí el dinero y al tacto me percaté entonces que había también una tarjeta o algo así que no vi en un primer momento. Creí que se trataba de las acostumbradas propagandas que se hacen los taxistas a sí mismos, de manera que con un cierto apuro por desprenderme de esa transitoria compañía, le di las buenas tardes y los tres nos bajamos sin decir nada.
Lo que sucedió en ese instante fue un gozne del destino, una inflexión cósmica de ese ajedrez invisible del que todos somos parte movidos por hilos manipulados por dedos sobre cuya naturaleza me atreví muchas veces a especular para mi eterna desdicha.
Cuando guardé las monedas del taxista en el bolsillo derecho de mi pantalón, un delicado y suave garfio del titiritero se contrajo y yo comencé a leer la tarjeta que me había dado aquel sujeto.
La esquela era blanca y estaba manuscrita con una clara y prolija caligrafía, primer hecho curioso, puesto que era obvio que no había sido impresa por medio mecánico alguno. Pero lo desconcertante era en realidad lo que había escrito en ella:
“Dr. Francisco Farret: descubrí algo importante. Llámeme en cuanto pueda al 555-857-6362. Tengo miedo. Por favor apúrese”.



 
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