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Título: La locura de los Dioses
Estilo: Fantásticas
 
 
Introducción
 

Autor: nefertiti11


En algún lugar de la Tierra, año 10.000 A.C.

La furia del océano no amainaba en su insaciable sed de venganza.

El caos y el terror se enseñoreaban por doquier hasta en el último rincón de Poseidón, el vestigio final de lo que muchos siglos después la humanidad conocería como Atlántida. Parecía que los cimientos mismos del planeta se disolvían y contorsionaban en una danza macabra de destrucción total. Y el agua que con increíble rapidez iba cubriendo valles, ciudades, edificios disputándole palmo a palmo la supremacía a ríos de lava que aquí y allá emergían como lenguas agónicas desde profundidades insondables en un último estertor de la materia. Los temblores casi continuos no hacían más que aumentar hasta el paroxismo aquellos momentos del final, provocando gigantescas fisuras en la roca que el agua o el magma cubrían sin piedad.

Et-kal corrió y corrió hasta la playa en un fútil intento de evitar lo
inevitable. Casi sin aire se dejó caer sobre la arena y cerró sus ojos para convencerse de que tal vez estaba viviendo una pesadilla de la cual despertaría pronto en sus confortables aposentos de gran sacerdotiza de Tal-Clol. Pero sabía que no sería así, aunque nunca imaginó el fracaso total de sus largos y extenuantes experimentos para evitar ese aquelarre devastador. Sin embargo, no se sentía culpable en absoluto. Después de todo ella no había hecho más que intentar neutralizar la obra que Los Grandes iniciaran cuando en pleno apogeo del imperio se decidió abrir el Portal del cual nadie osaba hablar. Pero finalmente algo había fallado y la aniquilación era el precio a pagar por tantos errores cometidos. En ese instante se percató que siempre lo había intuido. Y que incluso en una noche de placer se lo balbuceó temerosa a Zat-tlo al tiempo que estiraba sus delgadas y provocativas piernas en el mullido lecho de su entrañable amante. Recordó cómo se asombró al descubrir que él también compartía sus mismos resquemores a pesar de que era su mano derecha en el Santuario de las Ofrendas y su más fiel y honesto colaborador en la prosecución de esos sospechosos ritos cuyo propósito ultérrimo era ignorado por casi todos. Ahora ya nada más podía hacer, salvo ponerse a resguardo. Se incorporó con dificultad y su mirada escrutó ansiosa el horizonte. Zat-tlo no demoraría en llegar. Se felicitó a sí misma de que hubieran planificado con precisión los pasos a seguir cuando el momento fatídico llegara.

Un ruido mayor a todos los otros ruidos que la envolvían hizo que girara su cabeza casi por instinto y observó con horror cómo uno de los cerros próximos literalmente se hundía bajo el horizonte engullido por las fauces de algún monstruo invisible oculto en las entrañas del mundo. Pero sus temores pronto se vieron aplacados por la visión de una silueta inconfundible que con agilidad se aproximaba hacia ella desde la ribera norte. Era Zat-tlo, quien abriéndose paso entre cientos de rocas esparcidas en la arena se acercaba con una determinación extraña a esos momentos de locura. Al fin, aquel hombre de ojos negros y achinados pudo llegar a su lado. De su tez algo rechoncha y magullada brotó una sonrisa amarga que de todas formas obró cual bálsamo vivificador para Et-Kal.

Sus miradas se cruzaron y fue como si un túnel inmaterial, un puente milenario ajeno al tiempo y el espacio se abriera entre ellos en ese instante fugaz de comunión cósmica. No intercambiaron palabra alguna. Tomados de la mano avanzaron un corto trecho y se tendieron sobre la arena uno junto al otro con sus ojos perdidos en la inmensidad de ignotas estrellas que solamente ellos podían ver brillar. Una ola gigantesca se elevó en esos momentos, pero al llegar las aguas turbulentas y sucias a su posición, apenas pudieron recoger como magro botín dos cadáveres vacíos. Et-Kal y Zat-tlo ya viajaban raudamente hacia un destino incierto en el cual esta vez no podrían repetir sus fallos.

Mientas tanto, Poseidón lanzaba sus postreros estertores de muerte. En el corazón mismo de la otrora colosal isla, cuatro formas semihumanas se aprestaban para la huida. Sus planes se habían llevado a cabo con un éxito hasta impensado y ahora su presencia hacía falta en otra parte, en otros tiempos, para que la gran obra del Mal culminara definitivamente. No tenían nombres. O, al menos, tal concepto resultaba ridículo para con ellos. Peculiar mezcla de tejidos, mente y energía , inclasificables por cualquier parámetro incluso de aquellas remotas épocas, habían sido los máximos conductores que, entre bambalinas, movieron los hilos de los acontecimientos durante milenios en la notable civilización atlante y por ende los directos culpables de la destrucción presente. Pero su procedencia de allende las estrellas no había sido casual ni azarosa. Después de todo habían sido llamados, invocados, por aquel errado grupo de fariseos tontos e ingenuos. Quet-tla fue la cabeza visible de aquel desatino insano, movido por su perenne sed de poder ilimitado. Como sumo hierofante del Templo, aquel diminuto personaje de coloridos ropajes, poderosa influencia en las cuestiones de gobierno, jefe fáctico de las milicias terrestres, creyó, como tantos humanos suelen hacerlo, que no existían límites para la acumulación de influencias y poder. El y solo él,
seguido por un hato igualmente desquiciados de enfermos, había abierto el Portal de la negrura y la noche de las almas. Y cuando llegó a captar su error era tarde. Cuentan las viejas leyendas que abandonó su cuerpo en frenético escape presa del delirio , cuando en una aberrante ceremonia se había visto cara a cara con los llegados del Cosmos. Y con la razón perdida y atormentada por el espantoso horror de la visión, se había lanzado a un distante tiempo en el futuro, sin que nada más pudiera decirse.

Cuando el último sonido audible, los cuatro enviados también partieron...

***

En algún lugar de la Tierra, época actual...

Verónica se quitó su impermeable empapado de lluvia que le molestaba más de la cuenta. No era común que por esa época del año lloviera tanto, pero el clima era todo menos predecible.

Por fortuna, el extenso alero del edificio “El torreón” la ponía a resguardo del aguacero persistente. En esa oscura tarde de viernes abrió la puerta de aquel gigante de más de veinte pisos no sin antes echar una fugaz mirada hacia la calle y sorprenderse, como era habitual en ella, de que el tránsito y el ir y venir de la gente era tan intenso como de costumbre.

Lamentaba, eso sí, que sus zapatos se hubieran ensuciado más de la cuenta, pero confiaba en poder ponerse a punto antes de la llegada de su primer paciente. Sonrió con satisfacción mientras atravesaba a paso firme el hall principal hacia los ascensores laterales. Es que no podía quejarse de la vida. Su prestigio como psicóloga era sólido y en esas épocas de crisis podía decirse que su existencia transcurría sin apremios ni sobresaltos económicos. Aún podía considerarse joven con sus treinta y dos años y sabía bien que se mantenía lo suficientemente atractiva como para sorprender a menudo miradas insinuantes o furtivas.

Llegó por fin al primer ascensor. Una anciana, en estoica postura, aguardaba también con la paciencia obligada de los que deben resignarse a sus limitaciones y que a menudo los necios confunden con infinidad de cualidades hipócritas, a que la caja metálica llegara a la planta baja.
Le pareció curioso el aspecto un tanto desalineado de la mujer que no encajaba con la opulencia circundante, pero en esos momentos otros eran sus problemas. O, mejor dicho, su único problema era acicalarse antes del arribo de Daniela. Ella era siempre muy puntual y ese detalle aumentó su ansiedad. Tuvo que esperar esos interminables minutos pero al fin las puertas del mamotreto se abrieron y, bendito sea, nadie venía en él. Tiempo ganado y bingo. Se sintió aliviada de que pudiera dirigirse directamente al piso cuatro y a su consultorio, situado al final del corredor. No reparó en la anciana que con ojos perdidos desviaba torvamente su mirada hacia ella, ni en el suave roce de su bastón sobre su brazo izquierdo. Tampoco notó el imperceptible pinchazo subsiguiente. Abrió apurada la puerta de ingreso a su “refugio de almas atormentadas” como gustaba llamarle a su estudio y se encaminó al baño sacudiendo por instinto sus cortos cabellos lacios.

El espejo le devolvió una expresión no común. Era una persona detallista y centrada que no perdía la compostura fácilmente, pero ese día todo parecía salirle mal. Ahora desconocía de cuanto tiempo disponía antes de que en el acogedor recibidor amueblado en refinado estilo Luis XV, se iniciara la anodina espera de los dos pacientes de este fin de semana.

La suave melodía de un reloj colonial que pendía en un extremo de la pared empapelada de su despacho le anunciaba las cinco de la tarde. Llegué con lo justo, se dijo intranquila, mientras daba los últimos toques de rouge carmesí a sus labios finos y sensuales.

Ahora se veía mejor. Mucho mejor. Y, sin embargo, algo no funcionaba del todo bien.

Llamó a su atención el hecho de que las luces difusas aumentaran su caudal de lúmenes en una falla de percepción, una distorsión de la realidad que su mente no tuvo tiempo de procesar.
No pudo recordar nada más, salvo ese incremento constante de la iluminación que dañaba sus ojos y le provocaba nauseas.

Cuando despertó se dio cuenta con esfuerzo que yacía en una cama de un lugar extraño que daba toda la sensación de ser un hospital.

 
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