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Mary empezó a sentir el miedo aterrador de quedarse más sola de lo que ya estaba. Lo vio alejarse y por un instante, quiso trepar a su cuello como un león lleno de rabia, queriendo acabar a su presa, y decirle a gritos todo lo que por su mente estaba pensando, quería y sentía deseos de insultarlo, herirlo, lastimarlo, desgarrarlo entero, hasta verlo de rodillas implorando perdón, ¡Si! Era perdón lo que ella quería oír salir aquella noche de su boca.
Perdón, por diez años de atenderlo. Perdón, por diez años de comprenderlo. Perdón, por diez años de amarlo. Perdón, por diez años de cuidarlo.
Era lo mínimo que ella se merecía, solamente una cuota de perdón, después de haber soportado tantas cosas de aquella bestia devastadora, que decía ser su marido.
Luego de pensar y pensar sin llegar a nada, se dirigió al baño a lavar su cara, aquella cara sufrida, roja e hinchada de tanto llorar. Al verse al espejo no tuvo más fuerzas, y lloró desconsoladamente. Fue capaz de ver a su corazón ahogarse en llanto, junto a su pobre alma ya vencida de tanto dolor y recordó entonces, las veces que se había pintado frente aquel espejo, para que Steven la viera hermosa. Fue en ese momento donde le vino otra vez como eco de un campanazo, la frase tan dolorosa de esa noche.
-¡Tengo otra mujer!
-¿Porque, cómo y cuando se le había escapado de las manos la idea de que Steven podía tener otra mujer?-pensó Mary.
En ese instante comprendió que sus celos, no eran de niña rebelde y caprichosa, como él solía decirle, sino que una mujer, ante esas cosas, siempre se da cuenta, solo que ella no quería llegar todavía a asumir esa parte, la parte más hiriente que una mujer pueda soportar y escuchar en la vida; la de ser engañada.
Tan joven, tan hermosa y de nada le había servido, ya que su amor, el más grande que había sentido en la vida, se había ido y nada menos que con otra mujer.
Se miró parada frente al espejo del baño y lo imaginó con la otra, esa que ella no conocía, besándola, acariciándola, haciéndole el amor, todo lo que una vez había sido suyo y que ahora no lo sería más.
No pudo contenerse y decidió enjuagarse la cara bajo el grifo, con la cabeza gacha. Pudo apreciar aquella agua pura y cristalina mojándole el rostro. Recordó, que una vez su abuela le había dicho, que las mujeres que lloran se arrugan todas y se volvían feas, y aunque a ella, todavía no le había llegado lo de fea y arrugada, a pesar de todo lo que había llorado en ese matrimonio, sonrió con tristeza, tratando de olvidarse por solo unos segundos de la bomba de Hiroshima que había caído arriba de su casa.
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