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Título: Fantasmas del pasado
Estilo: Otras
 
 
Introducción
 

Autor: Scherazade


"Tengo el sabor de tus lágrimas en mi boca, aún siento la caricia de tus dedos en los míos... Tengo tu mirada en mis ojos, aún sueño contigo... Has sido mi primer y único amor... Sin embargo, ahora no estás, y mi corazón se marchita, al igual que las rosas que una vez me regalaste, al igual que los lirios que una vez arrancaste para mí. Sin embargo, debo dejarte ir. Los fantasmas del pasado no deben morar en el presente. Cruza al otro lado, espérame allí, pero déjame aquí. Siempre serás mi más dulce recuerdo, pero solamente un recuerdo, un recuerdo que no debe quedarse aquí. Espérame en el otro lado, amor mío"

Con un suspiro, Fatou acabó de escribir esas palabras. No era muy coherente, y lo sabía, pero expresaba a la perfección sus pensamientos. Lanzó una última mirada al espíritu atrapado entre los cristales, que la miraba con dolor y furia en sus ojos verdes. Con las lágrimas resbalándole por el rostro. Lanzando una mirada llena de tristeza a su primer y único amor, quemó en la vela blanca el papel, al tiempo que murmuraba:

- Perdóname, amor mío.

El papel terminó de quemarse. Con un largo gemido, el espíritu desapareció. Fatou se levantó y, sollozando, observó la desaparición de su primer y único amor. Cuando ya había desaparecido, gimió y se tambaleó. Rápidamente, su cuñado entró en la habitación y alcanzo a cogerla en brazos antes de que cayera al suelo, desmayada.


* * *


UN AÑO MÁS TARDE


- Hiciste bien- murmuró su hermano.

- Lo sé, y es lo que no dejo de repetirme- respondió ella-, pero me siento culpable porque mi hija no tenga a su padre. En cierto modo, yo la privé de él.

- ¿Y tú crees que ella habría crecido bien viendo a su alrededor un fantasma que torturase a su madre?

- Él no se iba porque me amaba.

- No se iba porque era un egoísta- intervino su hermana.

Fatou se levantó sin responder y se encaminó hacia el fregadero. De pronto, el vello de la nuca se le erizó y sintió una familiar presencia. Comenzó a temblar y el plato se le cayó de las manos. Se volvió rápidamente. Nadie. Pero continuaba estando allí.

- Oh, Dios mío...- susurró.

- ¡Fatou! ¿Qué ocurre?

- Está... está... aquí- tartamudeó ella con los ojos negros muy abiertos y asustados.

 
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