|
Sus pies descalzos no levantaban crujidos ni de las hojas y ramas más secas. Sin duda era habitante de esos bosques. Iba casi desnuda: llevaba una pieza de tela que le cubría desde las axilas hasta debajo de los pechos. Como prenda inferior llevaba unos pantalones hasta mitad de los muslos, muy deshilachados y que seguramente antaño eran blancos, pero que ahora eran tan marrones como la prenda superior. Lucía varios tatuajes, los más destacados, uno con forma de sol alrededor del ombligo y otro en forma de Luna creciente entre los riñones. Por si estos tatuajes no bastaran para revelar su alto rango, su pelo, castaño y largo hasta más de la mitad de la espalda estaba recogido en múltiples trenzas no mucho más gruesas que el tallo de cualquier flor. En su rostro, pintado, al igual que el resto de su cuerpo, con pigmentos que la camuflaban en la espesura, destacaban unos grandes ojos verdes, nariz recta y boca grande de labios gruesos. Portaba un arco al hombro, con la aljaba llena de sus correspondientes flechas en la cadera. Llevaba, además, un cuchillo en la cintura. Sin embargo, esas armas no le sirvieron de nada cuando, de pronto, alguien la alzó a lomos de un caballo y se la llevó al galope.
* * *
-Creo que la muchacha ya se encuentra mejor- anunció un hombre, entrando en la cámara privada del senador cubierto de la cabeza a los pies por una especie de papilla
-Y por lo visto, no tiene en gran concepto a nuestro cocinero- murmuró el senador, de buen humor.
Fue hasta la habitación en la que habían encerrado a Rose hasta que despertase. No le sorprendió notar la punta de un cuchillo en su garganta nada más abrir la puerta.
-Princesa…
-¡Senador Goldsand!- a pesar de la sorpresa, Rose no abandonó su cautela- ¿Por qué me habéis raptado?
-Vuestro padre nos pidió que os trajéramos hasta aquí mientras intenta resolver ciertos problemas.
-No os creo- declaró ella.
-Es comprensible-asintió el senador. Metió una mano dentro de su túnica. Rose se tensó, pero él solamente sacó un rollo de papel.
La muchacha cogió el rollo, rompió el lacre y, conforme lo leía, fue palideciendo. Se dejó caer en la cama. En la carta, su padre le explicaba que algunas tribus vecinas se habían aliado contra él y que mientras él intentaba resolver esos problemas, la ponía bajo la protección del senador.
-Entiendo- alzó la vista-. Me ha hecho entrenar durante veintidós años en el uso de toda clase de armas y ahora que hay una guerra de verdad, no puedo luchar.
-Comprended a vuestro padre-murmuró suavemente el senador, eligiendo bien las palabras. Conocía bien a la joven princesa y sabía que era terriblemente testaruda y si no la convencía con buenos argumentos, acabaría teniendo que retenerla por la fuerza-. Él mira por vuestra seguridad.
-Esto me convierte en una cobarde- sus ojos gatunos relampaguearon-. No puedo fallar a mi linaje. Mis abuelos murieron luchando juntos por mi pueblo, ¡y yo no puedo ser menos!
Suspirando, el senador cerró los ojos, reflexionando.
-Tenéis pocas opciones, Rose. Podéis intentar escapar del castillo, para lo cual tendríais que pasar por encima de unos cien soldados que tienen órdenes expresas de no dejaros salir; o podéis esperar y enviarle una misiva a vuestro padre. ¿Qué decís?
-¿Tengo opción? Esperaré.
Rose se tumbó en la cama y el senador la dejó a solas.
|