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Título: Sonrisas entre lágrimas
Estilo: Románticas
 
 
Introducción
 

Autor: Scherazade


Una mirada… Un gesto… Eso era todo lo que él había necesitado para enamorarla… Aquel día en la boda de su prima Isabella había sido el primero del resto de su vida. Sonrió al pensar en su primera cita, dos días más tarde. Había sido la mejor y la más desastrosa de sus vidas: para empezar, había comenzado a llover a cántaros antes de que ella saliera de su casa. Luego, cuando se encontraron en el cine, resultó que él había perdido la cartera y además venía empapado, pues había llegado con la moto y la lluvia le había pillado de camino al cine. Después, al entrar en la sala de cine, se equivocaron de película y acabaron viendo una con litros de sangre, lo que desde luego no invitaba al romanticismo. Más tarde fueron a cenar a un restaurante chino al lado de su casa. A partir de ese momento, todo fue como la seda: tanto, que de la cena pasaron a un desayuno que él le sirvió en la cama. Al recordarlo, una lágrima rodó por su mejilla. Aquel sólo había sido el primero de muchos desayunos compartidos, a veces a toda prisa porque se les habían pegado las sábanas y llegaban tarde a trabajar.
Así transcurrió mucho tiempo, hasta el día que él la pidió en matrimonio. Lo recordaba perfectamente: ambos se habían escapado un fin de semana al campo, a una casa que tenía el hermano de ella al lado de un lago. Habían salido a dar su habitual paseo nocturno. Había luna llena. Ambos se habían sentado en el embarcadero y ella había sugerido bañarse. Él accedió y rápidamente se quitaron la ropa y se zambulleron. En un momento dado, ambos estaban buceando y ella vio algo brillante en el fondo. Se apresuró a cogerlo: ¡era un anillo! Subió a la superficie rápidamente y se encontró con su novio en el embarcadero, rebuscando desesperadamente en los bolsillos de su pantalón.

-¿Buscas esto?-le preguntó en tono burlón.


Él alzó la mirada, abrió la boca… y no dijo nada. Parecía un pez nadando a contracorriente.

-Vaya, pensaba pedírtelo durante la cena…-logró decir-, pero me has pillado. ¿Quieres casarte conmigo?


Solamente le hizo un gesto para que se acercara. Él se agachó sobre el embarcadero y se besaron. Repentinamente, con una carcajada, tiró de su brazo y lo zambulló.

-¡Por supuesto que quiero casarme contigo!


Sonrió entre las lágrimas. Aún le parecía oír sus carcajadas mientras jugaban en el agua como críos, bajo la luz argéntea de la Luna. La boda la tenía borrosa, excepto la imagen de su novio esperándola en el altar, rarísimo con su traje- de hecho, estaba dispuesta a jurar que era la primera vez que lo veía con traje, ya que en la boda de Isabella él iba vestido con vaqueros, camisa y corbata-, pero, ante sus ojos, perfecto. Esa era la única imagen nítida: las demás, eran fotografías. Y no importaban. Lo único que importaba era que estaba casada con el hombre con el que quería estar, y esperaba ser feliz con él por el resto de su vida. El resto de su vida… rió amargamente. El resto de su vida habían sido dieciséis meses. Dieciséis meses después de la boda, él había muerto. Un estúpido accidente: iban en su moto y un borracho se les echó encima a casi ciento diez en una zona de setenta. Ella había sobrevivido: ahora tenía una cicatriz en el cuello y había perdido dos dedos, pero seguía viva. Y quería estar muerta, quería irse con él, que había muerto tras semanas en coma, debatiéndose entre la vida y la muerte. Finalmente, había vencido la muerte. Y ella se había quedado sola. Bueno, no sola del todo, aún tenía a su hija. La miró: dormida en su cuna, la niña fruncía el ceño en un innegable gesto de testarudez que supuso que le daría muchos problemas. De repente, entró un rayo de sol por la ventana y se posó sobre la cara de la niña. Suspirando, se levantó y fue a bajar la persiana. Su mano se detuvo a centímetros de la cuerda: frente a ella, escrito sobre el vaho que había aparecido inexplicablemente en la ventana estaban las siguientes palabras: “Siempre estaré con vosotras”.
Cayó al suelo, sollozando. Lloró largo rato. Lloró todas las lágrimas reprimidas hasta ese momento, un mes después del funeral. Y cuando ya no le quedaron lágrimas por derramar, se las secó con firmeza y se levantó. Miró de nuevo a su hija y luego volvió a mirar al jardín. Por primera vez desde hacía un mes y dos días, su sonrisa se hizo realmente luminosa. Se sentía realmente feliz.

 
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