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Se movía como un gato, saltando de tejado en tejado sin hacer ningún ruido con sus botas. Finalmente llegó a su destino. Entró por la ventana abierta y aterrizó grácilmente sobre el suelo de madera, sin hacer más ruido que una araña que hiciese lo mismo y miró a su alrededor. Lo que buscaba estaba sobre la cama. Podía cogerlo con sólo dar unos pasos, pero desconfiaba: todo aquello estaba resultando fácil, demasiado fácil. Dio un paso hacia delante y de pronto, se encontró con una daga a pocos centímetros de su cuello.
- Vaya, vaya- dijo el dueño de la mano que sostenía la daga-. De modo que ellos han enviado a su mejor agente…
Con un leve movimiento, le quitó la capucha, que reveló el rostro de una muchacha de apenas veinte inviernos, un rostro anguloso, con una cicatriz desde el puente de la nariz hasta debajo de la oreja derecha. La cicatriz no le restaba atractivo, sin embargo, más bien se lo aportaba. Un atractivo duro y cruel, pero atractivo, al fin y al cabo. Destacaban unos enormes ojos de un extraño color vino oscuro y unos cabellos del mismo color que acentuaba su palidez natural.
-¡Por todos los…! ¡Si no eres más que una cría…! ¿Es tuya esa cinta?- se refería a una cinta roja como la sangre que llevaba la chica en el brazo y que la identificaba como asesina de alto rango.
-Por supuesto que es mía-respondió ella. Su voz sonaba algo ronca, seductora, y tenía un acento indefinido-. Y tú estás muerto- y, sin más, le clavó en el estómago una daga que había aparecido en su mano como por ensalmo.
La asesina observó con indiferencia el cuerpo caído a sus pies y después avanzó hacia la cama. Dudó un poco, con la mano suspendida sobre lo que debía llevarse, aguardando otra trampa, pero no hubo nada y finalmente lo cogió y salió por la ventana, tan rápida y silenciosamente como había entrado.
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