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Quizás por aburrimiento, quizás simple rutina; lo cierto es que cada día se distinguía del anterior solo por simples rasgos sin importancia.
Aquel antiguo libro de letras doradas me llevaba cautivada mas de un mes.
Cada noche, y hasta bien caída la noche, me deleitaba con su negro sobre blanco.
Todo parecía estar en orden.
La noche llegaba sin apenas ser vista, y como siempre el ajetreo de la gente que deambulaba, entraba, salía...
En el piso de en frente; siempre a la misma hora, aquel niño de la ventana.
Sus negros ojos siempre fijos, cierta madurez se reflejaba en ellos.
Lo cierto es que me causo cierta curiosidad; no se si por su inocencia o por su simple puntualidad en su rutinaria cita con la ventana. Lo intente saludar e indagar mas sobre su vida.
Nunca había visto nadie en ese piso y aunque me esforzaba en pensar que nada ocurría, su extraña presencia me inquieto.
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