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Título: Vida de perro
Estilo: Románticas
 
 
Capítulo 1 versión 1
 

Autor: asnorey


...Sí, decidí meterme, acercarme con decisión a esos tres machos y darles una lección que no olvidaran nunca más: Les haría tragarse sus lujuriosas babas y de paso todos sus dientes a esos tres cobardes acosadores de inocentes vírgenes...
Pero en ese momento el sentido común me hizo recapacitar:
- "¿...Quién diablos me estoy creyendo que soy? ...Si no soy más que un pobre diablo, un callejero desnutrido, un enclenque, si soy la cobardía hecha perro, si soy un desgraciado que jamás podría reunir ni una mínima fracción de la valentía que se precisa para..."

Mas algo extraño estaba empezando a gestarse dentro de mí. Una insospechada sensación de poderosa fuerza empezaba en esos momentos a adueñarse de mi ser. No acertaba a comprender lo que me pasaba, pero noté que no era alucinación; supe que estaba en juego una energía palpable y real al percatarme del misterioso brillo fosforescente que empezaba a iluminar con intensidad creciente mi campo de visión... y entendí que tal brillo emanaba... ¡de mis propios ojos! en el momento en que volví a adquirir conciencia -pero ahora con multiplicada nitidez- de la escena que se desarrollaba frente a mí: Aquellos tres apestosos, empeñados en violar a la inocente joven; ésta, por su parte, suplicando clemencia con la mirada helada de terror... El primero de los violadores, que se le había acercado ya lo suficiente y extendía la lengua hedionda, que tocaba ya casi aquellos flancos tiernos y temblorosos que...

No discurrió un segundo más: En plena conciencia y facultad de las súbitas y desconocidas fuerzas que habían tomado posesión de mí, di efectivamente el primer paso...

Y un arco iris de polvo y chispas saltó entonces del corroído asfalto del callejón al roce de mis garras decididas. Sentí una ráfaga de vibrante heroísmo trepidar en cada rincón del cuerpo, me fui transfigurando al ritmo acelerado de mi carrera... Y yo ya no fui yo. Ya fui centella, fui llama voraz. Humo fue a mi paso.

Incendié con la mirada los pocos palmos de terreno que me separaban del primero de aquellos tres canes. Rayo destructor, me abalancé sobre el desgraciado. Alcancé apenas a distinguir su mirada sorprendida, un rictus de terror en la faz encandilada que trataba de salvarse apartando en último momento el hocico asqueroso de aquellas jugosas ancas...

¡Demasiado tarde para él! Ya todo fue sangre. Sangre inmunda, sangre que salió a chorro vivo allí donde mi dentadura hizo presa de él. Sangre y trizas de su carne. Sangre y astillas de sus huesos, sangre disparándose de una cabeza que voló, desprendida del cogote, al impacto de mis colmillos.

Mis patas frenaron con elegancia, levantando una polvareda que se levantó hacia los cielos como hongo atómico.

Di un giro, modifiqué la dirección del impulso para dirigirme a continuación, en vuelo asesino, hacia el segundo de los violadores, un enorme y musculoso perrazo marrón, que me doblaba con creces en tamaño, pero que ahora, paralizado en escalofrío de terror, no alcanzaría ni a meter la cola entre las patas, no podría escapar al contacto fatal de mis fauces que en efecto abarcaron, certeras y brutales, sus condenados testículos, un mísero miembro aún erecto... y una gota de esa nauseabunda mezcla de pus y esmegma que, segundos antes, se solazara en anticipo voluptuoso de penetración... pero que no llegó siquiera a caer a la tierra -así de raudo me precipité sobre él.

Así trituré sus vísceras de dos, de tres mordidas más. Así escupí su hiel, enfurecido, en el instante en que sus ojos se vidriaron para siempre en espasmo atroz.

...Y así volví mi cabeza hacia el tercero...

Me poseía a esas alturas una especie de euforia hercúlea que dirigía con precisión cada uno de mis movimientos en despliegue implacable de fuerza sobrenatural. Mis ojos entornados en trance vengador vislumbraron inmediatamente aquella mancha peluda, como electrizada, que identifiqué de inmediato como el tercero de los sádicos violadores. Oí al infeliz espectro emitir el principio de un aullido, algo así como un gemido afeminado, que ahogué embistiendo su cuerpo con violencia bestial.
Y tal dentellada le propiné en el tórax, que volaron sus miembros por los aires, desprendidos en explosión sangrienta.

"¡Victoria!" pensé, mientras ordenaba a mis músculos ejecutar un elegante frenado en cámara lenta.

Experimentando una intensa satisfacción, me dispuse a volverme para mirar a la joven dama a la que acababa de salvar. Mi mente anticipó los trazos brillantes de un hermoso cuadro de final feliz, en apoteosis de gallardía:
Suavemente le ofrecería escoltarla hasta la casa de sus amos, tras lo cual me despediría de ella deseándole buenas noches con cortesía y humildad, y seguiría mi camino embebido de la dulce fatiga que genera la conciencia del deber cumplido...

...¡Mas no fue así!

No fue su hermosa figura lo que encontraron mis ojos al volverme, sino una horrorosa escena en su lugar.
En principio no pude entenderlo, no pude dar crédito a lo que veía:
¿Se estaba convirtiendo mi sueño glorioso en la más cruel de las pesadillas?...

-¿Por qué yacía ahora, de repente, la hermosa y joven perra frente a mí... ¡¡descuartizada!!?

Ha transcurrido ya algún tiempo, y no queda perro en la región que no conozca la desastrosa historia del callejero estúpido que asesinó a una joven al confundirla -sic- con uno de sus violadores...

Estoy seguro de que habrá sido aquel tercer asqueroso violador -ese perro inmundo que por tonto error dejé escapar- el que, probablemente entre vulgares carcajadas, eructos y escupitajos, se ha encargado de dar difusión a la noticia.

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