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Deva observó en silencio el amanecer, un espectáculo que por nada del mundo osaba perderse desde que saliera a la protección del cielo abierto, tiempo atrás. Esperó unos segundos después de ver los primeros rayos, deleitándose con el brillo rojizo, antes de darse la vuelta y volverse hacia la cama revuelta desde la que emergían acompasados y profundos ronquidos. Se sentó suavemente en el borde del colchón, y su sonrisa se ensanchó al ver el rostro inocente y juvenil del muchacho. Había tantas cosas que debía contarle... Y por primera vez en trescientos años notaba que le faltaba el tiempo, que Donne debía elegir y Deva tenía la completa seguridad de que no la iba a elegir a ella.
- ¿Qué miras? -preguntó Donne interrumpiendo los ronquidos, aún con los ojos cerrados.
- Tengo que hablar contigo.
- Pues venga...
Deva suspiró, asimilando la que podía ser la última broma que él iba a intercambiar con ella.
- Donne... es importante.
El muchacho se despertó por completo y se sentó casi de un brinco en la cama con esos grandes ojos color avellana muy abiertos, reflejando el sol...
Deva le abrazó. No había llorado jamás en todos esos años y ahora no sabía apenas contenerse... Le dio un beso en la mejilla, apretándolo contra ella, como cuando era un niño y se preparó para perderle, probablemente para siempre.
- Últimamente estás muy rara, ayer con ese acceso de debilidad, hoy con este acceso de cariño...
Deva le sonrió, le acarició el pelo, cogió aire y empezó a contarle una historia que él siempre debería haber sabido.
- Donne, ¿cuanto tiempo llevas conmigo?
- No se.. siempre...
- ¿Y nunca te has preguntado que pasó antes?
- Si, bueno, pero tampoco vi necesidad de preguntarte, matarían a mis padres y tú me recogiste.
Deva volvió a suspirar y le dedicó una triste sonrisa que no le llegó a los ojos.
- ¿Y quien crees que les mató? -no esperó a que él respondiera, viendo como su rostro se iba desencajando poco a poco-. Antes de conocerte yo era LaValle D'Verant Princesa de Leto, Emperatriz de todos los elfos oscuros -Donne se quedó petrificado y Deva supo que había empezado a alejarse de ella, pero siguió porque era lo correcto, porque Donne se merecía la verdad-. Mis guardias capturaban a los humanos que se alejaban de las colonias y entraban en mis territorios, solían ser grupos pequeños y descarriados en busca de alguna fisura por la que escapar al exterior. e los llevaban a mi y yo les condenaba a la muerte en el Estadio... puedes imaginártelo, fieras, monstruos, hogueras... ese era el mayor divertimento de mis súbditos y... el mío también -Tomó aire antes de proseguir, reviviendo aquello una vez más-. Pero un día capturaron a una familia, una de tantas, madre y padre con cuatro niños pequeños y un bebé; cuando los llevaron ante mí todos gemía y suplicaban menos uno de los críos pequeños que me miraba con curiosidad, esa mirada me sacó de mis casillas <<¿´¡Qué miras!?>> Le espeté, pero él sonrió, se rió un poco y dijo <<¡Hola, niña! Yo me llamo Donne, me lo puso mi mamá, ¿tú quien eres?>> -Deva sonrió, con la mirada perdida, mientras seguía relatando-. Me quedé tan estupefacta que no pude pararte y seguiste hablando de que tenías un perro y una cabra, de que te caía bien y de que me ibas a enseñar a pescar. Ordené que os condenaran a todos por inercia pero tú y tu sonrisa me cambiasteis para siempre; el día de la ejecución no podía ni respirar… te voy a ahorrar esto Donne... Cuando me decidí a bajar a la arena solo tu quedabas con vida, te saqué de allí y te he cuidado hasta ahora. Esa es la verdad, obre mí y sobre ti.
El silencio se desplomó sobre ellos como una guillotina, un silencio que Deva no pudo soportar.
- Di algo, por favor.
- Déjame.
Ella se aproximó, posó una mano en su hombro, pero Donne se apartó con brusquedad.
- No me toques, no te me acerques.
La elfa suspiró con profunda resignación, tragándose las lágrimas, se puso en pie y le dedicó una última sonrisa antes de salir de su vida para siempre. Él se quedaría a salvo y ella se encargaría sola de que nada le ocurriese.
- Adiós, Donnativ.
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