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Ya llevaban varias horas avanzando por oscuros caminos. Deva no quitaba la mano de la empuñadura del sable que llevaba en el costado izquierdo y Donne no paraba de lanzar aprensivas miradas a su alrededor. Solamente los jinetes permanecían imperturbables. De pronto, la elfa oscura notó un sutil cambio en el aire. Sintió la presencia de la magia. El cambio era apenas perceptible y los humanos no podían notarlo, a menos que hubiesen sido instruidos en el Arte o tuviesen algún tipo de habilidad innata para esas cosas, pero para ella, el cambio era como una bofetada en pleno rostro. Antes de poder preguntar si habían llegado, notó que un extraño sopor comenzaba a invadirle.
- ¿Qué... ocurre...?- logró mascullar, pero se quedó dormida antes de oír la respuesta.
* * *
- ¡Donne! ¡Despierta!
El muchacho gruñó y parpadeó. ¿Dónde estaba? De pronto recordó todo... La huida de la ciudad... Los jinetes... El hechicero. se icorporó rápidamente, pero tuvo que volver a tumbarse ante el terrible mareo.
- Tranquilo, tranquilo...- murmuró Deva, acariciándole la frente. Se volvió hacia a alguien a quien él no pudo ver-. ¿Se pondrá bien?
- Por supuesto- la voz era femenina, y no precisamente de una joven-. Dentro de dos horas ya estará brincando por ahí. Quédate con él y dale esto. Yo he de ir a la cocina.
- Gracias, Selenia Mascapiedras- murmuró cortésmente Deva.
la mujer se alejó, mascullando algo como "Viejo chivo loco, ¡un hechizo de sueño!".
Deva le dio a beber un amargo líquido. Donne hizo una mueca, pero no tenía fuerzas para escupir. Cerró los ojos. Al cabo de dos horas, efectivamente, ya estaba en pie, pero desde luego no tenía ganas de brincar. Furioso consigo mismo por su debilidad, se apoyó en Deva y ambos bajaron al comedor.
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