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Tras rebuscar en mi armario durante lo que se me antojaron horas elegí un vestido negro, bastante escotado. Me maquillé, cogí el bolso y me dispuse a enfrentarme a tan ansiado y temido momento.
Habíamos quedado en un bonito restaurante en el centro de la ciudad. Aparqué el coche en un parking cercano y caminé hacia él. En la puerta me paré, respiré profundamente y, cerrando los ojos, la abrí de un modo decidido.
Me detuve unos instantes al otro lado de la puerta y lo busqué con la mirada.
Entonces lo ví. Allí estaba él, sentado en la mesa del fondo, junto a la cristalera, mirándome tiernamente y con una sonrisa estremecedora.
Mis piernas flojeaban mientras me acercaba.
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