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- ¿Vos creéis, milady?- murmuró cortésmente el joven de cabellos negros y melancólicos ojos grises.
El tratamiento que le había dado a la mujer despertó algunas risas mal disimuladas entre los parroquianos, pero el bardo nada dijo.
- El forastero tiene razón, Alessia- intervino un anciano
La prostituta se volvió hacia él con respeto y cariño.
- ¿En serio, padre?
El bardo miró al anciano con atención y luego a la mujer. Se preguntó qué sentiría el hombre al ver a su hija entregándose a cualquier hombre por unas pocas monedas.
De pronto, la puerta se abrió y una figura encapuchada entró en la taberna. Al bardo no le costó reconocerla y, sonriente, se levantó y acudió a saludar a la princesa Katherina.
- Alexander- sonrió ella, retirándose graciosamente la capucha.
Los clientes de la taberna contuvieron la respiración al verla. Su belleza era ya célebre en su Athienya natal, y Alexander sospechó que pronto lo sería también por allí. El contraste de sus cabellos de color negroazulado con su piel blanca le confería un aire frío y distante, desmentido por sus grandes ojos grises, tan melancólicos como los de Alexander, tan melancólicos como los de su hermano.
- ¿Cómo está nuestro padre?- inquirió él
- Enfermo, muy enfermo- respondió ella con gravedad-. Los médicos llevan semanas anunciando que no verá otro amanecer, pero hasta ahora aguanta.
- Esos médicos athienyos son unos incompetentes- masculló Alexander, sirviéndose vino en la copa de fino cristal.
- Quiere verte- dijo ella, poniendo la mano sobre la copa
Alexander la retiró con delicadeza y bebió mientras la observaba a través de sus largas pestañas.
- Lo dudo. Recuerda que fue él quien me desterró- aferró la copa con fuerza hasta que se rompió y los cristales le cortaron la mano. Observó la sangre con indiferencia ante la mirada horrorizada de su hermana.
Katherina cogió un pañuelo tan blanco como sus ropas y envolvió la mano herida de Alexander con él. Conocía las tendencias autodestructivas de su hermano, así que no le sorprendió que él no hubiese hecho nada para frenar la hemorragia. Observó las cicatrices gemelas de sus muñecas, testigos mudos de lo que había intentado hacer después de que su padre lo hubiera expulsado del círculo familiar y Katherina lo hubiese sustituido en la línea de sucesión, quedando ella como heredera del trono, que probablemente fuera a heredar pronto.
- Iré- murmuró Alexander
- Bien. Saldremos ahora mismo- Katherina se levantó-. He galopado durante dos días seguidos, reventando caballos de posta para llegar a tiempo-explicó-. No pienso demorar ni un instante más.
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