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Loles detuvo el coche frente aquella casa, en la que había pasado gran parte de su vida. El viaje había sido largo y pesado, pero una vez allí, admirando la belleza de aquel hogar le pareció que había merecido la pena. ¿Cuánto tiempo hacía que no veía a sus padres? ¿Dos? ¿Tres años? Si, eran algo más de tres años, sus padres fueron a acompañarla durante un tiempo después de la ruptura de su matrimonio, ¡Cuánto le ayudaron esos viejitos!, ¡Cómo la había consolado su madre!. Recordaba las palabras que siempre le repetía, con dulzura, con cariño, de ese modo tan apaciguado con el que ella solía hablar...
"Cariño, nadie se muere de amor, si una madre sobrevive a la muerte de un hijo, cualquier persona puede sobrevivir al dolor más intenso del alma".
¡No habría dinero en el mundo para pagar todo lo que hicieron por ella, por su hija, por su vida....
Después de un tiempo, mamá y papá había vuelto a su casa, y ya sólo el contacto telefónico los había mantenido unidos. ¡Cómo podía haber dejado pasar tanto tiempo! El trabajo, las clases, el divorcio... había estado demasiado ocupada intentando recomponer su vida.
Fueron muchos meses de psicólogos, de noches enteras sin dormir, intentando salir de aquella depresión en la que quedó sumida tras su separación. Más tarde el ascenso en su trabajo, los viajes imprevistos a los que la enviaba su empresa.... luego fue la dejadez. Pero ahora no importaba nada de eso, ahora estaba allí, en casa, con su pequeña....
Giró la cabeza a su derecha, para posar sus ojos en aquel precioso rostro, blanco, delicado, dulce... su preciosa hija... su mayor tesoro....
-¿Y? -preguntó Rocío señalando a la casa- ¿Nos bajamos o preguntamos a los abuelos si nos dejan entrar en coche?
Loles sonrió, al mismo tiempo que abría la puerta del vehiculo. Al salir, un soplo de aire frío le daba la bienvenida al hogar. Cerró los ojos, y respiró profundamente, sintiendo como sus pulmones se llenaban del aroma del pueblo, del puro aire de la montaña.
Rocío caminó hacia ella, inmersa ante aquel paisaje blanco que la naturaleza les regalaba.
-Esto es precioso mamá.
-Si que lo es Rocio. Verás como estos días de vacaciones nos van a venir muy bien. Ya no te acordabas del pueblo ¿verdad? -preguntó Loles mientras abrazaba a su hija-
-Supongo que era demasiado pequeña -Contestó Rocío-
La puerta de la casa se abrió, dando paso a un hombre alto y fornido, que corría hacia ellas con los brazos abiertos. Se plantó frente a ellas, tomándoles el rostro con sus manos grandes y encalladas.
-¡Mi niñas!-decía el hombre con lagrimas en los ojos-¡ mis niñas están en casa!
Las atrajo hacia él, apretándolas fuerte, fuerte, en un emotivo abrazo.
-¡Mi niña! -susurró al oído de Loles- ¡mi niña bonita!, ¡cómo te he echado de menos!
-Papá-atinó a decir Loles con voz entrecortada por el llanto- ¡oh papá, cuantas ganas tenía de verte!
José besó a su hija y a su nieta en las mejillas, una, dos, mil veces, mientras Loles sonreía en un baño de lágrimas y Rocío se apretaba fuerte contra el pecho de su abuelo. La mujer se separó del anciano para mírale a la cara. Pasó una de sus manos por el pelo de su padre, acariciándole las blancas canas que cubrían su cabeza, para desembocar en el rostro curtido, surcado por el tiempo.
-¡Que guapo estás!
-¡Anda, anda! no seas mentirosa -dijo José con gusto-
-¡Es cierto abuelo!, -añadió Rocío- eres el abuelo más guapo del mundo.
José rió entre dientes, orgulloso de tener a su hija y a su nieta en casa, feliz por el momento que tanto tiempo había estado soñando, y que ahora Dios le estaba permitiendo vivir.
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