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Tenía casi todo listo. Se perfumó con su mejor fragancia y decidió usar su camisa negra favorita. Hizo el recorrido mental y calculó cuánto le tomaría llegar al café donde se encontraría con Celia, anotando mentalmente todo el recorrido a un estimado de media hora con una variación mínima del tráfico de un día de semana a eso de las 5:30 PM. Tenía la costumbre de comparar distancias recorridas a modo de identificar el tiempo que le tomaría trasladarse de un lado a otro. No le gustaba llegar tarde a sus compromisos, por lo que siempre se programaba a salir justo o, de ser posible antes de la hora. La impasibilidad le obligó a salir con 40 minutos de antelación... Tenía que estar antes de la hora.
Llegó caminando a paso moderado al metro. Para su sorpresa, habían cerrado debido a un accidente que acababa de ocurrir. Al parecer un indigente se lanzó a las líneas férreas, cómo el último y desesperado acto de vulnerar las fragilidades de su condición desventajosa frente al mundo. Como era de esperarse en estas situaciones, el caos se había apoderado de los transeúntes. Cientos de personas se habían aglutinado alrededor de la estación para ser testigos de tan horroroso espectáculo. Sin pensarlo demasiado dio media vuelta y calculó las nuevas posibles rutas alternas.
Decidió caminar dos cuadras y media, a donde sabía que con seguridad pasaba el omnibus que hace su recorrido directo hacia el museo, después de su última parada en el parque. No tuvo que esperar demasiado tiempo cuando el armatoste color verde abrió sus puertas para que cuatro de los pasajeros que estaban esperándole, subieran con tranquilidad. En el penúltimo asiento del lado derecho, dedicó algunos minutos a sus recuerdos del noticiero, los que se vieron interrumpidos por la repentina disminución de velocidad. Mucho le costó desprenderse de la imagen de aquella silueta que había quedado grabada en su alma. Salió finalmente de su abstracción hasta darse cuenta de que el automotor había detenido completamente su marcha. Al final de la cuadra, la fila de autos se veía interrumpida por una valla humana muy bien acordonada y que bloqueaba toda la calle. Se convenció con desagrado que no existía forma de sobrepasarla. Justo esa calle y precisamente a esa hora, pensó.
Bajó del ómnibus con la plena convicción que llegaría tarde a la cita. El malestar comenzó a surgir en sus entrañas. Apresuró el paso hacia ningún lado, tratando de decidir en el camino su próxima decisión. Recordó que en el parque suele existir un punto informal de taxis. Sintió que el tiempo le hacía jugarretas, no corría demasiado rápido como para permitirle transportarse cual rayo al lugar para ver si ya ella había llegado, ni demasiado lento como para dejarle llegar puntualmente. Contra sus pronósticos, en ese momento no se encontraba ni un solo taxi.
No lo podía creer. Parecía que todo era irreal, pues hasta las imágenes transcurrían como en un sueño. Decidió que lo mejor sería correr. Podría ser que en el camino encontrara un taxi, pero tenía que ganar el máximo de tiempo. Volvió a ver el reloj y descubrió que ya iba tarde. Tenía que hacer el esfuerzo o jamás se lo perdonaría. Las calles se iban haciendo más largas a medida avanzaba y el paisaje se iba distorsionando. No le importaba más nada... tenía que llegar.
Quince minutos después abrió la puerta de vidrio. El sudor le llegaba hasta el cuello de la camisa. Decidió respirar hondo. Sacó su pañuelo para limpiarse el rostro y caminó con determinación, con el corazón palpitándole a mil por hora. No pudo distinguir si era la agitación o la incertidumbre que le aniquilaba su ser. Su presentimiento era correcto. Celia no estaba en aquel lugar. Decidió quedarse y pedirse una bebida helada. Imaginó todas las posibles opciones de su infortunio. No tenía ni siquiera su número de teléfono para disculparse. Sentía que el mundo entero le quedaba demasiado grande. Todo parecía provenir de una película de amor en la que a los personajes se les impedía reunirse por los obstáculos más inverosímiles.
Después de darse una buena ducha, vio el reloj y se dio cuenta que era la hora del noticieros. Se quedó totalmente helado e inmóvil. Presionó el botón de “display” en el control pues pensó por un ligero momento haberse equivocado de canal. Su semblante se había desfigurado y ahora solo quedaba rezagos de su serena y enigmática mirada. Estaba saludando en ese momento la nueva presentadora del noticiero...
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