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Con soltura y naturalidad, como si fuéramos viejos amigos. Así me entere de que era lingüista y el zoólogo. Lala hablaba, y “Es así”, dijo, señalando con un movimiento de cabeza. Siempre esta ocupado. No descansa. Ahora está metido en investigaciones importantes. Hará un estudio de ecosistema en la presa y las lagunas. ¿Verdad que es un asunto interesante?
Hablaba y yo miraba su piel tostada, el lento desperezamiento de su mirada, sus labios que se cerraban y entreabrían, el ceñirse de sus pantalones contra los muslos. “¡Gerardo!”, exclamo alzando la voz. El se volvió, se arreglo los lentes y saludo con sequedad, casi sin mover la boca, y vi su cara llena de impaciencia y vigilancia, como si en cualquier lugar del aire fuera a encontrar algún signo revelador de quien sabe que incógnita o misterio. Quizás ahora yo mire así el aire por si cuaja una respuesta, algo que explique o aclare.
Volvió a dar la espalda. Lala continuo hablándome de él, al poco rato nos despedimos y me fui pensando que me agradaba, pero el parecía superficial y estirado. Indiscutiblemente había tratado de que su marido me produjera buena impresión. Pero en su afán no note el orgullo de poseer n buen compañero, sino más bien la oculta intranquilidad, el deseo de afirmar la importancia de él, de la que no debía estar muy segura. Ahora no sé si esto era así, o pura imaginación, deseos de que fuera.
A Lala la veía diariamente. A él algunas veces, pues se iba temprano para las lagunas y regresaba entrada la noche. Entre ella y yo creció una especie de colaboración. Solía llevarla a casa de los padres de mis alumnos. Ella se los ganaba enseguida con su trato y allí tomaba notas sobre leyendas y refranes. Pero cada vez que podía hablaba de Gerardo. Supe que se conocían desde niños y que estuvieron juntos en el pre y la universidad. El siempre se había destacado entre sus compañeros. Había sido dirigente estudiantil. Llevaban tres años de casados, y aunque a ella le gustaban mucho los niños lo había evitado por razones de trabajo.
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