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Todo comenzó aquella fría noche de otoño. El viento murmuraba, mientras azotaba los árboles que, suplicaban en plegaria, no ser tan duramente golpeados. La lluvia lamía los cristales, imitando las lágrimas que corrían por mi cara.
Sentada frente a mi ordenador, con la mirada perdida en esa pantalla tintineante, oía el chasquido que, de vez en cuando hacía gemir a mi chimenea.
Sola, absolutamente sola, no podía dejar de sentir lo que hacía tan solo unas horas había sentido: AMOR. Un escalofrío acompañado de un temblor, me indicó que mi ser comenzaba a sufrir el síndrome de abstinencia.
Intenté respirar profundamente para tranquilizarme, pero un simulacro de suspiro me atravesó el pecho. El corazón descompasado y absolutamente inflamado tras el duro golpe, me ocupaba toda mi capacidad torácica. Debía ser eso por lo que a mis pulmones nos les quedaba espacio para dejarme respirar...
Cerré los ojos y comencé a reir a carcajadas fuertes, que retumbaban tanto en la casa como en mi cabeza. Cogí mi vaso de pacharán y di un largo trago, como queriendo arrastrar ese nudo que me aprisionaba la garganta.Fue la primera vez que me di cuenta, que comenzaba a perder la razón.
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