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Me detuve ante la oxidada puerta de acero. Respiré profundo un par de veces y me obligué a cruzar el umbral que separa a los vivos de los muertos...
Caminaba cauteloso, la frondosa hierba desatendida me impedía saber por donde pisaba. Sin darme cuenta, me sumergí en mi pensamiento, intentando adivinar si aquella pieza rocosa que estaba pisando sería una piedra o un resto de cráneo.
De pronto, mi mirada se giró hacia la derecha, como si una fuerte extraña la atrajera. Ante mí, una sencilla cruz clavada en el suelo. En ella, grabada la frase que ya nunca puede borrar de mi cabeza...
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