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Solo veo números sin sentido. Veo los registros sin verlos realmente. Finjo interés en los papeles aunque mi mente se encuentre recorriendo bastos parajes lejanos que he conocido únicamente en los sueños de mi niñez. Parece ser que el cuerpo se ha dispuesto a soñar durante el día lo que no pudo durante la noche.
Recuerdo el plazo de entrega, sé que debo concentrarme pero no logro hacerlo. Mi mente se rehúsa a que se le contradiga. Los números aparecen ante mí como simples manchas. Elementos inertes que no significan nada. Sólo está el ilimitado sendero de la libertad. El glorioso horizonte que dista muy lejano de la realidad. Sigo escapando de lo que soy y me repito que quisiera algo diferente. La frustración de no haber alcanzado lo que quiero me incomoda. Empiezo a sentir cierto malestar en el estómago producto del sentimiento de vacío generado en mi interior. Me siento atrapado y sin salida. ¿Es que acaso fui víctima de mi propio destino?
Vuelvo a mirar el reloj. Son apenas las 8:45 a.m. ¿Cómo llegué aquí?, ¿Cómo hago para dejar de sentirme incómodo y desesperado? Me recuerdo a mí mismo no ver demasiado el reloj pues fatídicamente atrasará su paso, haciendo que el tiempo pierda su facultad de acelerar su paso. Compruebo nuevamente que el tiempo uno mismo lo hace. No es una prueba objetiva de lo que transcurre, por lo que está en mí que acelere el ritmo. Busco tranquilizarme y concentrarme nuevamente en mi trabajo.
Entró mi jefe, solicitando el diagrama de flujo de efectivo. Sabía que lo haría y mentí diciendo que estaba ajustando únicamente algunas cantidades. La circunstancia me devolvió a la tierra. Sabía que tenía que cambiar mi actitud. Decidí posponer mi idilio. Comencé a sudar en exceso y mi mente comenzó a revolucionar a miles de kilómetros por hora. Recordé el día en que soñaba de niño con ser un astronauta. Conquistar el especio sideral y ser el primer hombre en poner los pies en Saturno. Volvieron nuevamente recuerdos de infancia en los que mi imaginación no tenía límites. Las cosas eran más sencillas en ese entonces.
Me asaltó el horror nuevamente. ¿Qué va a ser de mi vida?, ¿dónde quedó aquel joven rebelde que soñaba con ser un líder, con transformar el mundo, ser reconocido mundialmente por los más grandes descubrimientos y por revolucionar el arte de convivencia humana. Finalmente, como una luz tan clara como un día de verano, decidí qué hacer. Era tan sencillo y puro que me parecía imposible. Tomé las riendas de mi destino y lo hice sin pensarlo. Presenté de inmediato mi renuncia...
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