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Respiré aliviado y después de un momento de vacilación, viendo la serenidad y calma de mi hermana, decidí seguir subiendo apretándole fuertemente la mano. Yo me sentía confusamente amenazado, pero ella tenía una cara demasiado decidida.
Cuando entramos al cuartito no había nadie, y allí, al lado de su pequeño escritorio, sobre la mesita de madera blanca, estaba la máquina perfectamente tapada. ¿Ves?, no hay nadie. ¿Oyes algo?, me pregunto mi hermana. Yo no oía nada. Entonces ella me pasó sus manos por la cara y me dijo: pues yo sigo oyendo y sintiendo olor a mar. Creí que se burlaba y empezaba con sus cosas, pero ahora, después de ayer, tengo mis dudas.
Mi hermana siempre me dio la impresión de no ser como las demás muchachas. En todo desafiaba a la imaginación. Me decía que ella a veces no veía lo que miraba, sino lo que le pasaba por detrás de los ojos.
Ella era un poco más amplia que la vida. Quiero decir que hacia que la vida me pareciera mas amplia. Le gustaba usar para andar por la casa unos vaporosos camisones azules o violetas que la hacían parecer más alta de lo que era en realidad, y se colgaba al cuello un minúsculo cascabel de oro, sujeto por una cinta muy bonita, que le había regalado abuela. Y había que verla cuando se metía hecho un ovillo en el sofá de la sala, con los ojos cerrados, como si oyera y huyera.
Yo, desde que empezaron los ruiditos y el olor, a menudo me desvelaba o me despertaba sobresaltado.
Dormía en el último cuarto de los bajos y tenia que hacerlo con la luz encendida, o mi tía tenia que quedarse conmigo hasta que me durmiera. Recuerdo que una noche, casi de madrugada, me despertó una ráfaga, y al instante sentí un intenso olor a mar, el tecleo y un grito. Todos lo oímos. Mi tía y mis abuelos se levantaron, y yo también. Vimos como mi hermana bajaba por las escaleras, tensa, con el rostro bajo una costra de agua muy fría y se me antojo que muy salada.
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