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Aquel olor y aquellos sonidos tenían de lo que hace crecer el arroz u las lechugas, de ir y venir de las mareas, del correrse de los horizontes y la luz, y de esa fuerza de la carne y la sangre que redondeó rápidamente las formas de mi hermana para convertirla en mujer en pocos días.
Yo respiraba y escuchaba frente a mis libros y libretas, mientras mi tía exigía mis tareas y mi hermana me miraba de reojo, sin poder ocultar el flujo y reflujo de sus ojos. Aquel olor, aquellos sonidos y yo éramos torpes y solitarios aprendices de imaginación y geometría. Como no recordar aquello que fue simple y sin tantas circunstancias inútiles a las que nos va acostumbrando la vida.
Un día le hable a mi hermana de aquel olor y aquellos sonidos. Esperaba que se asombrara y asustara, pero lo tomó con indiferencia. Ella era así y le parecía perfectamente normal lo que para mi resultaba insólito. Se encogió de hombros, me miro fijo, sonrió con todo aquel rostro extraordinario y divertido que tenia y me dijo que desde hacia tiempo ella sentía el olor a mar, y que desde que abuelo le había regalado la maquina de escribir escuchaba los sonidos. Me pareció que no me creía y se burlaba. A veces, cuando hablábamos, yo interrumpía de pronto una frase y giraba los ojos hacia el cuartico o a la escalera. Ella me apretaba las manos, sonría, y con un tono de broma me decía que también estaba oyendo, pero estaba seguro que sólo yo oía. Eso lo creí firmemente hasta ayer, ahora tengo dudas. Mi hermana cada día se tornaba mas reconcentrada y los ojos se le iban hacia algún lugar que yo no podía alcanzar. Una tarde en que el tecleo me llegaba con gran insistencia y nitidez le pedí que me acompañara al cuartico.
Me sentía muy nervioso y amarrándome de su mano empezamos a subir la escalera. Las manos me sudaban, pero cuando íbamos por la mitad, justamente al llegar al descanso, el tecleo cesó de inmediato.
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