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Al principio sentí temor de aquel olor y aquellos sonidos, y aunque me fui acostumbrado, nunca me atreví a enfrentar el misterio, y mucho menos después de lo que sucedió a mi hermana. Mi valor no daba para tanto. Y aun ahora que me ha crecido un poco en el vivir, casi no me alcanza para contar lo que estoy contando.
Primero fue el olor y después los ruiditos, igual a como sucedió ayer. El olor a mar lo sentí por primera vez cuando estaba comiéndome un mango que me había ofrecido mi hermana. Lo mordí y sopló un viento que espantó las palomas del borde del muro, arrancó de las matas hojas verdes, levantó hojas muertas de la tierra y estremeció la enredadera. Le dije a mi abuela que sentía el olor a mar y me respondió que el mar estaba lejísimos y que no podía llegarme su olor, que era el mango que estaba comiendo que tenía iodo. Y me quede respirando aquella brisa marina mientras mi hermana me miraba y de sus ojos se desprendía una fuerza extraña. Más tarde, a cada rato, me llegaba inesperadamente aquel olor, ya sin viento, ni palomas levantadas, ni enredadera estremecida.
Después fue el sorprendente e imposible sonido. Mis abuelos sentados en el comedor, conversaban. Entonces empezaron aquellos sonidos desde el cuartico alto. Mi hermana, con la cabeza apoyada en la mesa de comer, me observaba y sonreía con la cara enrojecida. Miré desorientado a mis abuelos para ver si escuchaban, pero continuaron conversando y me di cuenta de que no estaban oyendo lo que yo oía. Ladeé la cabeza e incliné mi oído hacia los altos y ellos me preguntaron qué me pasaba, pero el temor que me sobrecogió fue tanto que no me atrevía a decirles nada, ni a subir, porque sólo sabía que en el cuartico no había nadie.
Así empezó lo que llegó a ser para mi ese paso leve capaz de llevar la soledad de un niño en el mundo.
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