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- Vámonos- murmuró Jack con voz glacial-, y no toquéis nada.
Los demás lo miraron con temor. Nunca habían visto semejante expresión en el rostro de su compañero. De sus ojos se había extinguido el brillo. Parecía estar hecho de puro hielo. Cuando pasó entre ellos se apartaron involuntariamente a un lado. Incluso Garland parecía asustado.
Una vez en la calle, Jack llamó a la policía desde una cabina, pero no se quedaron, sino que rápidamente, se dirigieron al almacén abandonado y atravesaron el portal dimensional. Abandonaron el mundo de Jack y entraron en el de Garland y los demás. Sin hablar, Jack encendió el fuego sin decir ni una palabra. Después, se sentó y se quedó largo rato en silencio, mirando al suelo. No lloraba, no decía nada, no parpadeaba, únicamente miraba al suelo. Cuando al fin habló, lo hizo con una voz que no era la suya.
-Quiero vengarme y si me queréis acompañar, estaré encantado, pero a la hora de la verdad, quien ha de matar al que ha hecho eso a mi familia seré yo y nadie más. Garland- el joven se sobresaltó-, creo que ahora sí aceptaré tu oferta de enseñarme a luchar.
Garland asintió. No le gustaba nada la idea de enseñar a aquel nuevo Jack. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Le tendió una espada. Jack vaciló al notar el peso de la mortífera arma en su mano: estaba a punto de cruzar una línea, pero entonces recordó a su hermana Erika, muriéndose lentamente y la sed de venganza volvió a apoderarse de él. Comenzaron. Garland no quiso presionar demasiado a Jack en su primera clase, así que realizó ataques débiles, evaluando al muchacho, observándolo. Pronto observó que su alumno, pese a no haber empuñado una espada en su vida- o eso decía- tenía una habilidad innata para el arte del combate y un evidente buen juicio: evitó varias trampas en las que el mismo Garland había caído en sus inicios. Poco a poco, el combate se hizo más intenso. Los demás observaron, boquiabiertos, la rápida sucesión de estocadas, reconocieron la expresión de salvaje placer en el rostro de Garland, que indicaba que disfrutaba realmente del combate, pero al mirar el rostro de Jack no vieron nada, sólo concentración. Finalmente, el combate finalizó con Jack tirado en el suelo y la punta de la espada de Garland en su cuello.
-No ha estado mal- opinó Rory, cauto como siempre.
-¿Que no ha estado mal? ¡Ha sido el mejor combate que he presenciado desde que Garland venció a Tetsu!- exclamó entusiasmado Puma
Garland sonrió y le tendió la mano a Jack para ayudarlo a levantarse. Al inclinarse creyó advertir un brillo de odio en los ojos azules del chico, pero pronto se desapareció y se dijo que tal vez fuera un caprichoso efecto del fuego y las sombras.
-No lo haces mal- afirmó-. Has sabido evitar las trampas y sabes dar estocadas, pero…
-Siempre hay un pero- susurró Keyra a Puma.
-Pero te centras demasiado en defenderte y, por tanto, tus ataques pierden fuerza. Es algo lógico en un novato, pero ante un enemigo no debes defenderte solamente.
Jack asintió y se quitó la camisa para enjugarse el sudor. Sus compañeros, especialmente Iris, se estremecieron al ver las cicatrices que adornaban la espalda de Jack, evidentes signos de la tortura sufrida tres años atrás a manos de la cruel Akane, cuando se conocieron. Jack tenía entonces trece años, y había sido un milagro que sobreviviera a la tortura y a la enfermedad que se apoderó de él y que lo tuvo febril bastante tiempo. Había sido Iris, hija de Akane, quien había cuidado de él durante toda su enfermedad.
* * *
Aquella noche, Jack no podía dormir. Se levantó y siguió el rumor del río hasta llegar a su orilla. Allí descubrió que no era el único que sufría de insomnio.
-Iris- murmuró suavemente, sentándose al lado de la muchacha.
-Jack- la chica volvió sus extraños ojos dorados cuajados de lágrimas hacia él-.¿Crees que ha sido mi madre la criatura que ha hecho esto a tu familia?
Él no contestó de inmediato, sino que se quedó mirando el reflejo de la Luna llena en el centro del río.
-Creo que sí- dijo al fin.
-Y vas a matarla- era una afirmación, no una pregunta-. Es mi madre- murmuró.
-¿Me estás pidiendo que no lo haga, que lo deje pasar sin más?
-No, claro que no. Lo que quiero decir es… si ella es malvada y yo soy su hija…
-No eres malvada, Iris- afirmó rotundamente Jack.
-¿Cómo puedes saberlo?
-Mi intuición nunca me ha fallado, y lo único que me dice es que eres maravillosa- conforme decía estas palabras, Jack sintió que enrojecía y su corazón se aceleraba.
Iris también enrojeció y, turbada, apartó la vista. De pronto, Jack, sin pensárselo mucho, la besó. Ella se dejó besar y pronto se olvidaron de lo demás.
El viento se llevó la camisa de Jack.
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