|
...decidimos finalmente, charlar un rato cerca del parking y despedirnos con una simple, pero duradera sonrisa. El día siguiente el teléfono no sonó, ni al otro...
Mi acompañante de mesa había desaparecido, mi sonrisa también lo hizo, quizás sin quererlo, le había cogido cariño.
Un día nublado, después de muchos días sin tener noticias, mi teléfono sonó, era él, volvía a invitarme a una cena. Esta vez en un rancho a las afueras de la ciudad, con familia.
A las nueve de la noche me presenté y saludé a los invitados, cerca de veinte, a los diez minutos y después de tomarme un ron con hielo, nos sentamos en la mesa.
De repente desperté, todo era un sueño, me levanté y fui a lavarme la cara. El teléfono sonó, el vaho del espejo del baño no me dejó ver la sonrisa que tenía mi rostro al escucharlo.
|