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Al principio, su mirada daba miedo. Era fría, inexpresiva... parecía que otra persona se hubiera adueñado de él. ¿Dónde estaba la persona de la que me había enamorado hacía ya 10 años?
Me dio un beso... “Cariño, aparta”. Y volvió a encender la dichosa pantalla. No me lo podía creer. ¡Mi marido estaba abducido!
A grandes males, grandes remedios. No estaba a dispuesta a pasar por semejante humillación nunca más. Así que, cogí una olla a presión de la cocina (enorme, pesada y fulgurantemente inoxidable) y sin pensarlo la tiré contra la pantalla de plasma.
El cristal se resquebrajó, se oyó un chispazo, y el conjunto empezó a arder, como si de una falla maldita se tratara.
Yo era feliz.
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