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Cuando despertó, no se podía decir que fuese de noche, pues allí siempre había luz, pero, a juzgar por el olor a comida y su propio apetito, debía ser hora de cenar. Se levantó de un salto y bajó. No obstante, no se dirigió al comedor, donde cerca de cincuenta magos lo estarían mirando y susurrando sobre él y su participación en la captura del asesino de los Tres magos Principales del Concilio- y la mayor parte de sus familias-, por no hablar de los aprendices. Se dirigió, pues, a la cocina, donde la cocinera Tansy se afanaba en un guiso, cuyo olor hizo que su estómago rugiera de hambre.
-¿Cómo está la mejor cocinera del Norte?- bromeó
Tansy alzó la vista y sonrió con alborozo al ver de quién se trataba.
-¡Xerox!- exclamó, lanzándose a sus brazos.
Xerox le devolvió el abrazo. La menuda mujer también había tenido gran participación en la resolución de los asesinatos, y había estado a punto de morir porque Xerox la había metido en ello. El espadachín la observó mientras ella cogía un plato y le servía una generosa ración de guiso. Ya se había curado las quemaduras del rostro y de aquella cuchillada que había recibido cuando se interpuso entre el espadachín y el asesino solamente quedaba una cicatriz en la frente.
-¿Cómo está tu hermano?- inquirió. Al igual que Lena y él habían sido los únicos supervivientes de la masacre de sus respectivas familias, Tansy y su hermano gemelo habían sobrevivido a la destrucción de la suya.
-No sé nada de él desde dos meses después de que tú y Lena os fuerais y Jake y Virginia volvieran a la Tierra.
Xerox terminó el plato de guiso y la emprendió con un pudín de frambuesa que sin duda también habría preparado Tansy.
-Ah, estás aquí- dijo en ese momento Yaten, entrando en la cocina-. Jan y Khaled ya han ido junto a Lena, y he traído a dos de tus compañeros.
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