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Lo que ponía allí… No podía ser… Irrumpió en la biblioteca. Lena, alarmada, alzó la vista y vio en el rostro del espadachín algo que llevaba años sin ver: pánico, y al mismo tiempo una extraña ansiedad que veía siempre en su rostro antes de una batalla o un desafío.
-Ha escapado, ¿verdad?-susurró, los ojos como esmeraldas muy abiertos-. ¿Cómo ha podido ser? Estaba prisionero en la Tierra. No podía recurrir a la magia, no podía abrir portales…
-Me han encargado que lo averigüe y que esta vez lo mate. He de ir a ver al Concilio de Magos. ¿Vienes?
-No, prefiero quedarme aquí.
-Aquí no estás segura, amor mío.
-No estoy segura en ningún sitio. Da igual el sitio al que vaya, si él quiere acceder a él, ni puertas, ni magia lo detendrán. Al menos, aquí soy fuerte.
-Enviaré a Jan y Khaled para que te hagan compañía.
-De acuerdo. Saluda a los demás de mi parte. Te espero para cenar- esbozó una fugaz sonrisa. Aquella era una vieja broma entre ellos con la que Lena le hacía saber que tenía absoluta confianza en él y sus habilidades como espadachín.
Xerox se inclinó y la besó antes de dirigirse a la habitación del portal dimensional. Se detuvo en otro cuarto y, tras pensárselo un poco, cogió la espada que había heredado de su abuelo. No le cabía duda de que el Concilio habría podido facilitarle las armas que quisiera, pero prefería que el asesino de su familia y la de Lena muriera bajo la espada del patriarca de uno de los clanes.
* * *
-Bienvenido una vez más, Xerox- murmuró una voz entre la sombras. Se oyó un susurro apenas audible y apareció una bola luminosa que dejó ver parcialmente la cara de un mago de antinatural juventud, con un rastrojo de barba en las mejillas y ojeras, lo que indicaba que no había dormido mucho. Xerox se preguntó cuánto tiempo había pasado desde que su prisionero se escapara y cuánto habrían aplazado el comunicárselo a él.
Siguió al mago hasta una puerta que conocía muy bien, y que nunca podría atravesar sin la compañía de un mago.
-Hola, Xerox-murmuraron al unísono varias voces. A Xerox le recordó el susurro del viento entre los árboles.
-Damas y caballeros del Concilio- dijo respetuosamente al grupo de aproximadamente veinte magos que, ocultos sus rostros bajo las capuchas oscuras, lo rodeaban, sentados en sillas de respaldo alto con aspecto de ser terriblemente incómodas-, yo os saludo y os transmito los respetos de mi dama Lena. Desearía que Jan y Khaled acudiesen junto a ella a hacerle compañía.
-Se lo diremos, pero ahora debemos poneros al corriente. Xerox, ¿qué creéis que ha podido suceder? ¿Cómo pensáis que ha podido pasar?
-Yo no sé los métodos que utilizáis vosotros para eliminar la magia de alguien tan poderoso como lo era él, pero no me cabe duda de que, lo hicierais como lo hicierais, no podría haber recuperado la magia por sí mismo, y menos con ayuda de algún terrestre, así, a mi entender, la única conclusión lógica es que alguien de nuestro mundo lo ha ayudado. Y alguien muy poderoso.
Creyó detectar una cierta agitación entre los magos. Tal vez no se les había ocurrido esa posibilidad. O tal vez no esperaban que un espadachín supiese pensar en otra cosa que no fuese el acero. Fuera como fuese, el caso es que uno de los magos se levantó y, tras imponer silencio a los demás con un gesto de una de sus manos enguantadas, habló con un acento sibilante que provocó escalofríos a Xerox:
-¿Insinuáis que algún miembro de este Concilio ha tenido algo que ver?- no parecía enfadado u ofendido, tan sólo curioso.
-No necesariamente, pero si sois los únicos con poder suficiente para hacer tal cosa, entonces diría que sí- se encogió de hombros, como pidiendo disculpas.
-Entiendo- el mago parecía divertido-. Y, decidme, ¿en quién de los nuestros confiaríais lo suficiente para recibir órdenes suyas y aceptar que os asigne compañeros para la misión?
-En Taro, Emi, Yaten- esbozó una sonrisa torcida-, y tal vez en vos.
-¿En mí? ¿Y puedo preguntar por qué?
-Podéis, pero no pienso responder.
Su insolencia le valió unos cuantos murmullos reprobadores entre los demás magos, y vio que Yaten- el mago que lo había conducido hasta allí y que ahora ocupaba su sitio a la izquierda de la puerta- se llevaba una mano a la frente y meneaba la cabeza. El interlocutor de Xerox, no obstante, lanzó una carcajada. Le caía bien aquel joven, que probablemente aún llevaba pañales cuando él estaba en la cima de su poder como mago.
-Bien, entonces recibiréis órdenes de Yaten y él os asignará cuatro compañeros para la misión.
Xerox aguardó a que todos los magos salieran, cada uno de los cuales posó la mirada en él unos segundos más que el anterior. Finalmente, Yaten le hizo un gesto para que lo siguiera.
-Es una suerte para ti que a Jared le agraden los jóvenes insolentes como tú- masculló una vez llegaron a sus aposentos-. De verdad, muchacho, no sé cómo has logrado sobrevivir tanto tiempo. ¿Acaso tu dama Lena no te ha dicho cómo debes dirigirte a un mago?
-Lena me instruye en otras artes- Xerox esbozó una lasciva sonrisa.
-Estos jóvenes…- gruñó Yaten. Resultaba irónico oír eso de labios de alguien que parecía tener solamente treinta años, la misma edad que Xerox, pero realmente debía tener la edad que tendría su bisabuelo de haber vivido.
Xerox esbozó una amplia sonrisa y, completamente a sus anchas, se tumbó sobre la cama de Yaten y escuchó al mago, mientras éste caminaba de un lado a otro, murmurando cosas y moviendo pergaminos.
-¡Al fin! Xerox, ya tengo a tus compañeros.
Se volvió hacia el espadachín. Estaba dormido, roncando suavemente, una mueca cansada en su rostro anguloso y sin afeitar.
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