|
El locutor continuó hablando, él ya nada oía, hacía rato que se encontraba completamente dormido. El cigarro había caído de su mano rodando por debajo del auto hacia el otro costado; en tanto era consumido y acariciado por una suave brisa, en la orilla inclinada del asfalto, decantó hacia a la terrosa cantina; fue detenido entonces por un sucio zapato de cuero olvidado, levantado por unos dedos gruesos, fuertes e igualmente sucios; ojos negros lo contemplaron ávidos y finos labios se posaron firmes sobre él. Hacía tiempo que el sujeto no tenía uno en manos, por ello se quedó largo rato disfrutándolo a un lado del automóvil, observando al hombre en su interior que, sumido en el más profundo letargo, tenía inclinada su cabeza sobre la puerta, su boca abierta y todo su rostro mirando el desvaído cielo tras la intensa bruma no vencida aún por el viento que había empezado a levantarse.
El sujeto, cuando hubo terminado su preciado hallazgo, comenzó a acercarse cautelosamente, con paso lento, pausado, pareciendo intuir el estado aletergado del ocupante. Una vez en la puerta ingresó silenciosamente, se sentó del lado del acompañante y extendió el brazo hacia el volante para quitar las llaves del encendido. De repente en la radio comenzó a sonar una estrepitosa música y no pudo evitar que el hombre ya a su lado despertara.
|