|
-¡Diablos!- dije.
¡Era tan odioso que pasara eso! ¿Por qué me pasaba siempre a mí? aunque pusiera más atención, aunque corriera hasta que mis piernas se paralizaran por el esfuerzo, mis nervios, mi impotencia... podían más.
Seguí buscando. Entonces escuché a Diego decir a gritos: "¡Ayúdame!". Me asusté tanto que acudí enseguida; pero resultó ser sólo un complot para que los demás pudieran salir corriendo y "salvarse" también. Aunque corrí tan rápido como pude, no pude alcanzar ni a Diego.
Todos estaban riendo; estoy segura de que sentían cómo sus orejas aumentaban de temperatura y cómo les dolía la panza. Estaban riendo como locos.
Dejé a un lado mi coraje, contagiándome de risa también.
Nadie podía dejar de reír.
Hicimos tanto alboroto que don Geño, nuestro vecino, que en realidad se llama Eugenio, salió tan enojado de su casa que parecía que estaba haciéndose negro.
Nos gritó y nos dijo hasta de lo que nos íbamos a morir. Todos corrimos, pero como siempre, me rezagué. Me tomó por las orejas y me jaló hasta mi casa. Ahí le contó a mi madre un montón de mentiras, hizo que ella también se enojara y se armó en grande con todas las vecinas, madres de mis amigos. Todo empeoró cuando llegó mi padre.
No podía convencerlos de que todo eso era un invento de don Geño...
Tal vez no volviera nunca a jugar... Ni siquiera al escondite.
|