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Dejó el trozo de pergamino bien sellado junto a la chimenea y cogió el petate. Antes de irse miro por última vez el único hogar que había conocido, la mesa llena de libros, los rescoldos calientes del hogar, la alfombra roída, las estanterías mal colocadas. Atravesó el umbral de la puerta y se marcho con lágrimas contenidas en los ojos. Aun era de noche y la luna brillaba entre los bosques, se sacudió los bucles rojizos de la cara y se encamino hacia el sendero.
Cuando llego al puerto pesquero ya estaba amaneciendo, por las calles todo el mundo la miraba, por su extraña indumentaria y su incomparable belleza. Continuó caminando pese a las miradas indiscretas hasta que llegó a una armería pequeña y polvorienta pero que, según le había contado Don Jorge, la mejor de este lado de Myanmar.
Atravesó la puerta y enseguida la envolvió un extraño olor a viejo, se dirigió hacia el mostrador con decisión y presionó el timbre, al instante apareció un hombre muy anciano con barba de seis días y pelo largo, con aspecto sucio y casi tan viejo como el olor de su tienda.
_¿Que desea?
Pregunto mostrando su poca dentadura.
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