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RECUERDOS DE LA INFANCIA
Mi infancia transcurrió de cierta manera, muy feliz, porque por un lado, mi padre viajaba mucho, ya que trabajaba como Inspector de Ingenios, sólo nos visitaba cada seis meses, o cada año, cuando le daban vacaciones. Se estaba quince días o a o más dos meses. Siento que nunca gocé a mi padre, es decir su compañía nunca la tuve. Los pocos días que estaba en casa, se iba a trabajar en sus tierras, ya que tenía trabajadores para que las atendieran en lo que él no estaba; y en las tardes se iba con los amigos a jugar dominó o simplemente a platicar. En tanto que yo me iba a la escuela, regresaba, me iba con mis compañeros al balneario, después me ponía a hacer mis tareas escolares; ya él llegaba noche, a cenar y a dormir, era el único ratito en que nos veíamos.
Así transcurrieron mis primeros años, hasta completar los 12 años de edad, en que mis padres decidieron llevarme a estudiar a Guadalajara, trasladándome desde Teuchitlán, Jalisco, hasta El Batán, cercas de la ciudad tapatía.
RECUERDOS DE MI ADOLESCENCIA
Después de haber terminado mi educación primaria, también seguí estudiando una corta carrera: Contador Privado, en una Academia Comercial de la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Tres años de constante estudio y ya estaba listo para trabajar, a mis escasos 15-16 años de edad. Mi padre me consiguió un empleo como Auxiliar Administrativo en el Ingenio de San Marcos, Jalisco. Allí duré cercas de dos años, luego me trasladaron al Ingenio de San Rafael, en Coquimatlán, Colima.
En esta etapa mi vida se desarrolló prácticamente sólo trabajando, pues eran pocas las diversiones que tenía; sólo del cuarto donde residía al trabajo y del trabajo a dar la vuelta al jardín del pueblo y a ver a mi novia; luego al cuarto; y así sucesivamente, era un círculo vicioso, aunque de vez en cuando, los fines de semana me daba una escapada a Colima, a ver a mi madre y a mis hermanas, que en ese entonces ya residían en esa ciudad, habiéndose trasladado desde Guadalajara, Jalisco.
El Ingenio San Marcos tuvo que parar el funcionamiento, por incosteable, y el personal que así lo quiso, se trasladó para seguir trabajando al Ingenio de San Rafael, en Coquimatlán, Colima. Más cercas de Colima. Col. Aquí duré otro año más y luego por recorte de personal y por no haber funcionado el Ingenio como se requería, dieron de baja al personal, así que tuve que buscar otro empleo y lo encontré en las oficinas de una empresa constructora, que estaba ya terminando una obra que nunca conocí, pues era auxiliar administrativo. Hasta estas oficinas llegó un día un Ingeniero de nombre Enrique Torres López, quien preguntó: ¿Tú eres Humberto Trujillo Contreras? Sí, le dije. Pues traigo un asunto contigo. Sí dígame.
Me explicó que tenía trabajo para mí, que sabía que ya iba a dejar el puesto que tenía en esa constructora, porque ya se había terminado la obra y me estaba ofreciendo trabajo en su constructora, en la obra que se estaba realizando en Alzada, municipio de Colima, Colima.
Hablé con el Contador al que le ayudaba y me dijo que a partir del próximo lunes ya podía empezar a trabajar con el Ing. Torres.
En este tiempo trabajaba y estudiaba la secundaria nocturna, al mismo tiempo. Logré sacar la secundaria, lo cual me sirvió posteriormente, ya que, cuando se terminó la obra de Alzada, me llevaron a Monterrey y allí continué estudiando el Bachillerato. Dos años.
Fue en este tiempo cuando conocí a una hermosa colimense, de nombre Hilda, a quien recuerdo con mucho amor. Macías Rodríguez se apellida o apellidaba, ya hace muchos años que sucedió esto, por eso me atrevo a mencionar sus apellidos. Con ella hicimos planes de matrimonio. Se llegaron a correr las amonestaciones por parte de la iglesia en la cual nos íbamos a casar. Sólo que Dios tenía otros planes. No fue posible nuestra unión ni por lo civil ni por la Iglesia, sin embargo nos unimos en cuerpo y alma, en ese orden, puesto que hasta la fecha -estoy seguro- nuestros espíritus permanecen casados, pues siempre nos recordamos con amor. Resignados a la voluntad de Dios, quien no quiso que conformáramos un hogar permanente. Sólo Dios sabe por qué lo hizo.
Siempre he vivido agradecido con esta hermosa muchachita de aquellos tiempos, y pidiéndole perdón por no haberle cumplido como hombre, sin embargo tuve que cumplir con la voluntad de Dios. Espero que nunca me haya guardado ningún resentimiento o rencor, y si lo hizo, espero que ya me haya perdonado, por el bien de los dos. El recuerdo de aquellos días en Manzanillo, en Salahua, me acompañaron todos estos años de mi existencia y me acompañarán hasta mi muerte. Debo reconocer que fue el amor de mi vida, de toda mi existencia, lo mejor que me haya pasado hasta la fecha; no creo que haya en el futuro algo tan hermoso como lo que ella y yo vivimos. Tan sólo por esa maravillosa entrega mutua, le agradezco a Dios que me haya traído a este mundo. Digo que valió la pena haber vivido todo este tiempo. Su recuerdo me mantiene con vida, pues es tan dulce, tan agradable, tan bello, lo que me pasó, que así mismo lo sigo recordando.
Debajo del agua nuestros cuerpos se juntaban, y las olas se movían y se movían, lo mismo que nuestros cuerpos. Mil y una vez nuestros labios se besaron. Llegó la noche y buscamos un hotel y en la discreción y tranquilidad de un cuarto, nos entregamos una y otra vez, hasta lograr la cabal penetración de nuestros cuerpos. Quedaron fundidos el uno al otro, el sudor nos bañaba, aún así nuestros labios se gozaban. Toda la noche estuvimos amándonos sin cansancio alguno. Nos metimos bajo la regadera y nos quitamos el sudor, la sangre, pues era la primera vez que lo hacíamos, éramos vírgenes. Y volvimos a empezar esa entrega interminable. Sábado en la noche, domingo día y noche, al amanecer del lunes, la obligación del trabajo y el pendiente de ella nos separó. Tuve que irme a trabajar y ella con sus familiares, pues de seguro estaban con el pendiente de saber qué le había pasado.
Después de esto, podría venir todo lo que sea, hasta la muerte, ya no importaba, ya habíamos disfrutado todo lo que teníamos.
Lo que pasó fue que ella tuvo que romper su compromiso matrimonial con otra persona que la pretendía; tuvimos que hacer comprender a nuestros familiares que ya no nos quedaba otras más que casarnos. Se llevaron a cabo los trámites, las amonestaciones, pero no se completó el matrimonio, pues hubo algo que nos separó: los chismes de la gente.
Me dijeron que la vieron besándose con su excuñado. Esto lo supo mi madre. Y ella me convenció de que no me convenía casarme con una mujer de cascos ligeros. A esto se unió la decisión de la compañía de irnos a Monterrey, pues la obra ya se había terminado. Me preguntaron que si quería irme con ellos y aproveché la propuesta para desligarme de la responsabilidad de casarme. Por este motivo he vivido pidiéndole a Dios que interceda por mí ante Hilda, para que me perdone. Como no sé si ella ya me perdonó, seguiré pidiéndole perdón desde donde me encuentre.
De esta entrega resultó un embarazo de ella, mas jamás supe si se logró o no; si se logró por allí debe existir un hijo o hija mía, a quien también le pido perdón por no haberle dado mi nombre y mi cariño como padre. Si no se logró, Dios lo tiene como angelito. Y si se logró, a Dios le pido que lo proteja.
Después de muchos años quise buscarla para pedirle perdón, pero supe que estaba casada con su excuñado, aquel con el cual dijeron que la habían visto besándose. Espero que hayan vivido una bonita y feliz relación matrimonial y que Dios les haya dado más hijos. Les deseo a todos los mejor de lo mejor.
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