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...y calló al suelo estrepitosamente pero sin que el conductor fuera consciente ni tan siquiera del aporreo de la puerta.
Ahora sí que estaba bien la noche, sudorosa, exhausta y llena de una mezcla entre aceite de coche y polvo.
"Ya es imposible que vaya peor" - se dijo.
Se levantó del suelo magullada y se dispuso a regresar a casa.
Pero al levantarse se percató de que aquella calle donde yacía tendida no le sonaba de nada; y aquellas farolas, esas no eran las farolas de su barrio.
¿Dónde estaban los mosquitos? ¿Qué había pasado con el calor?
"a ver no te pongas nerviosa" - se repetía una y otra vez cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir, los frotó,...
Nada allí todo seguía igual una calle impoluta que para nada se correspondía con la que le había llenado de manchas la poca ropa que llevaba y le había propinado unas buenas heridas, unas farolas que parecían suspendidas en el aire sin ningún contacto con el suelo o las paredes, unos edificios extremadamente altos sin ningún tipo de puerta o ventana apreciables y un silencio absoluto.
El desconcierto y la impotencia se adueñaron de su razón.
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