|
Mi puesto de trabajo, uno más de la decena de cubículos grises en la enorme oficina. Nada más entrando, lo primero que me asignaron fue organizar toda la papelería desordenada que dejó el empleado anterior, un tal Jorge Bolaños. Cuando empecé a ver los estados a medio concluir, las formas de hacienda sin llenar, y la enorme cantidad de facturas, que no sabía adónde enviar, me empecé a sentir agobiado, pero decidí tomar mi nuevo empleo con positivismo.
Mi primer error fue acercarme a la oficina del jefe, a hacerle algunas consultas acerca de las facturas que había en mi escritorio. Me miró con indiferencia.
-"Lo que me pregunta es parte de su trabajo como contador. Esto no se trata de delegar para arriba. Yo no voy a hacer su trabajo. Ya le dije... sin preguntas!"
-"Disculpe, señor Ramírez"
Y me fui a mi cubículo con la rabia que me comía por dentro. -"Paciencia, Felipe, paciencia"- Me repetía mientras caminaba.
Pronto me dí cuenta de por qué él estaba en donde estaba desde hacía tanto tiempo. Era en palabras llanas un lame-botas. Todo el equipo de contadores nos partíamos el lomo trabajando, y él se llevaba el crédito con la gerencia del departamento. Cada vez que alguno de nosotros trataba de sacar la cara, levantar la mano, o sobresalir por algo, el buscaba la manera de opacar el esfuerzo, y hacer suyo el crédito.
Como dije, la paga no era mala, y yo ya había comprado un auto nuevo, de manera que no podía darme el lujo de renunciar. Estaba ya endeudado. El ambiente en general era sombrío, pero parecía que ya el resto de empleados se habían acostumbrado, y hasta había algunos que gozaban de su simpatía por seguirle el juego...
Solo yo parecía estar totalmente descontento, así que fui a poner una queja directamente a Recursos Humanos... qué mala decisión...
|