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Y por supuesto que hubo que hacer lo que él dijera.
Al principio desplegó sus más viles artimañas para conquistarme. Yo creí que pretendía integrarme con elogios y tomas de cafés casuales. Pero ahora, después de recapacitar, he llegado a la conclusión de que, simplemente velaba por sus intereses, y que sus palabras "¡Aquí se hace lo que yo digo!" se cumplieran a rajatabla.
Recuerdo que el día que descubrí el primer traspaso de dinero negro en la contabilidad era domingo. Llevaba doce horas trabajando. Él sabía de mi escrupulosidad con los números y tenía que cerciorarse que la operación quedara bien amañada. Por eso me tuvo toda la semana echando horas extras hasta las doce de la noche enterrado en papeles. Hasta doblegarme. Hasta convertirme en su perrito faldero, obediente, agradecido, dando lametones por donde pasaban sus zapatos...
¡El muy baboso!...
Sólo se limitó a decir:
- Ortega, ya sabe la norma... ¡Sin preguntas Ortega! Sin preguntas.
Luego vinieron los desfalcos, los traspasos a compañías fantasmas, las falsificaciones de facturas, mis silencios, las jornadas interminables compradas con falsas promesas ¡Cómo sabe, el cerdo, la forma de matar a un hombre!... Luego siguieron los insultos, las vejaciones, y sobre todo, la destrucción de mi autoestima, de mis ilusione, y... mi dignidad tirada al cubo de la basura.
Hay muchas formas de terrorismo, y mi trabajo se había convertido en una bomba, a punto de estallarme en la cara.
Mi jefe es un gran experto en el mundo financiero. Tiene la virtud de convertir en inmensos capitales todo lo que toca, y lo que ha sido tocado con su mano, queda atrapado en las redes de mi jefe, donde él es el rey. La araña que mueve incansable sus patas, haciendo a los demás bailar a su capricho.
Si. Cada día me reafirmo con más fuerzas, que tengo que matar a mi jefe.
Cada vez que recuerdo que él fue el motivo por el que dejé a mi novia, se me revuelve el estómago.
No hay otra solución. He de ser meticuloso, frío, no dejar que se escape ningún detalle. Parecerá algo fortuito, casual. La mano del destino...
No podrán relacionarme con su muerte.
Aún me faltan algunos detalles, y tú, cerebro mío, tendrás que ayudarme a resolverlos. Has tenido una buena escuela. La escuela de ese viejo baboso escondido detrás de las gafas.
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