|
Teodoro no sabía ni se imaginaba, que al irse, había una persona que lo había podido marchar.
Era ella, Lucrecia, la mujer que durante toda su vida, escondida bajo las sombras lo amaba así como el era. Analfabeto, sencillo, trabajador e incansable soñador. Lucrecia sabía que esto algún día iba a pasar.
Teodoro le comentaba siempre sobre sus sueños, sobre sus ilusiones. Ella, pobre como el, era la mujer que más lo escuchaba, pero este secreto de marcharse a la ciudad, nunca se lo dijo. Su corazón latió intensamente, sentía que esta vez Teodoro no regresaría. ¿Y cómo saber de él, sino sabía escribir? Lucrecia siempre le quiso enseñar y el decía que con sus brazos y fuerzas se había desenvuelto bien en la vida y que con eso era suficiente. "Teodoro, eres tan inteligente!
Aprende a escribir y llegarás más lejos" Recordaba aún esas palabras que durante años le repetía con dulzura a Teodoro. Se quedó callada y no pudo evitar que las lágrimas corrieran por su mejilla. El hombre que ella amaba en silencio se había marchado. Quedó paralizada. No sabía que hacer. Quizá seguiría sus pasos y el destino la uniría en la gran ciudad.
|