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El tren se detuvo, allí acababa el viaje, ¿qué pasaría entonces?. Ese era el día cumbre para nuestra relación. Era el día en el que todo se decidía.
Habíamos pasado todo el trayecto sin hablar, sólo de vez en cuando sentía que me apretaba la mano con mas fuerza, provocandome una sonrisa.
Solté su mano y me levanté. El hizo lo mismo, y nos dirigimos a la puerta de salida. El venía detrás de mi, sentía su respiración en mi nuca, y eso me estremecía. Sentía que todo el mundo era complice de mi felicidad, y de mi miedo al mismo tiempo. Allí, entre el barullo de pasajeros llegué al andén, me giré para buscarlo... ya no venía detrás de mi.
Miré sobre las cabezas de los transeuntes y distinguí de entre todos su precioso pelo ondulado, enredados en las caricias de una mujer. El sonreía, de vez en cuando echaba su cuerpo atrás emitiendo una sonora carcajada... un nuevo abrazo, un nuevo beso...
La estación poco a poco se fué quedando vacía, y entonces él se giró y nuestras miradas se encontraron. Me hizo un gesto con la mano -me esta llamando- y yo, como siempre, cumplí con sus deseos. En un abrir y cerrar de ojos, estaba junto a ellos.
-Lucía este es Ernesto.
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