|
El hombre seguía apuntando a la pareja con su arma, hasta que Ana le preguntó:
- ¿Qué quiere usted de nosotros?
El hombre de la cara angulosa llevaba ya algunos minutos pasándose la lengua por los dientes, como si un tic nervioso le obligara a pulirlos con ella, y empezó a hablar con palabras interrumpidas a intervalos en los que volvía a pasarse la lengua por los dientes, frenéticamente, haciendo ruidos desagradables que se entremezclaban con sus palabras cuando trataba de seguir hablando mientras se lustraba los dientes con la lengua.
Obviamente, no llegó a articular gran cosa, es decir, nada comprensible, la única palabra que Ana y su compañero lograban discernir era la palabra "verdugo". Entre sus balbuceos ininteligibles, el hombre de las facciones angulosas y el arma automática que los apuntaba, daba en repetir con vehemencia la palabra "verdugo".
Raúl empezó a sentir más y más miedo al observar que el arma temblaba con intensidad creciente en la mano del matón, y calculó que en menos de un minuto las oscilaciones del dedo y el gatillo sobrepasarían el límite que activaría la detonación. La cercana presencia de ese límite, que por un lado era un fenómeno físico circunscrito a la mecánica más bien simple de la piezas que conformaban la pistola, se cernía al mismo tiempo como límite metafísico entre la vida y la muerte, límite palpable entre el miedo de uno y la viudez de la otra, o viceversa... y Raúl, que no tenia una personalidad, que se diga, muy fuerte, sino más bien todo lo contrario, perdió el control de su psique y empezó a divariar acerca de qué tipo de vida levaría Ana después de que él fuera asesinado, lo cual ya daba por seguro a esas alturas.
Y en sus fantasías, Raúl la vio desempeñando con profunda tristeza su nuevo papel de viuda. Ana le había jurado fidelidad eterna a Raúl... y la estaba demostrando: Lágrimas en el sepelio, luto continuado, recato y duelo la harían vivir en sacrificio permanente de toda alegría, con el corazón fijo en el pasado y la mirada perdida. No se cepillaría más los dientes, sino que viviría lustrándoselos con la lengua, todos sus amigos la irían abandonando sucesivamente, y a los pocos años decidiría echar raíces. Es decir, que cavaría un agujero cilíndrico en el jardín, de diámetro similar al de una camisa de fuerza de su talla, y de una profundidad equivalente a su estatura descontando la cabeza; En este agujero se introduciría, quedando aprisionada en él tras las primeras lluvias, sobresaliendo tan sólo de ella la cabeza y echando raíces. Raíces verdaderas, blanquecinas, tiernas, que penetrarían en la tierra a su alrededor. Ana sería al fin feliz, alimentándose de agua, de minerales y de los recuerdos de su pasado con Raúl. Estos recuerdos irían germinando en brotes de delicada fragancia y rico verdor, y algunos de ellos, los mejores, se harían pimpollos y luego exuberantes flores.
Ana sería feliz, feliz como era ahora Raúl imaginándola florecida y sonriente, a ras de tierra, pasándose la lengua por los dientes de la misma manera que lo estaba haciendo ahora el matón de cara severa, el de los balbuceos, "verdugo" y temblor en la mano que portaba la pistola.
Pero ese temblor estaba cesando, ya era casi imperceptible. Tal vez el peligro más inminente había pasado.
- Conque es usted un VERDUGO... - dijo Ana, dándose cuenta por la sonrisa estúpida de Raúl que éste se encontraba psicológicamente fuera de combate, y que ella tendría que manejar sola la situación -como siempre.
Raúl era en cierta medida un inútil, que reaccionaba ante cualquier situación que superara ciertos límites desconectándose de la realidad, sonriendo como un tonto y emitiendo ciertas aseveraciones acerca de las ventajas de "echar raíces", que Ana no lograba entender, pero que interpretaba como la expresión de que Raúl podría estarle proponiendo matrimonio, por fin, para al fin fundar una familia y tener hijos. Cuando pensaba en ello, Ana se ruborizaba de felicidad. O sea, que, como ya habíamos visto, Raul poseía, aún después de tantos años juntos, esa facultad de hacerla ruborizarse con su sonrisa, con sus palabras...
Entretanto el matón, cuya mano ya no temblaba, sino que acariciaba el gatillo ahora de manera consciente, seguía emitiendo sonidos ininteligibles, entrecortados con frecuente recurrencia de la palabra "verdugo".
- Conque es usted un verdugo... -Repitió Ana- Todo un verdugo, es usted un auténtico verdugo, ¿No es así?
- Así es -dijo él entonces, logrando controlar por unas fracciones de segundo los movimientos de su lengua.- Soy un verdugo -continuó. -Ese es mi pgoblema.
Al parecer Ana había dado en el clavo. Había logrado posibilitar un grado mínimo de comunicación con aquel hombre, lo cual quizás les permitiría salir con vida de la intrincada situación.
- Solucionemos, pues, su problema, señor verdugo -dijo Ana entonces con sincero aire constructivo. - Si me dice usted en qué radica exactamente ese problema de ser verdugo, podremos, quizás, enfrentarlo juntos de una manera positiva y satisfactoria para usted... y quizás hasta podamos encontrar también una solución que sea, digamos... también atractiva para nosotros. ¿No es así, cariño? -y le dio un suave codazo de complicidad a Raúl.
Raúl sonreía intensamente, había escuchado la palabra "radica" y era feliz imaginando a Ana enterrada hasta el cuello en el jardín.
El hombre de la pistola habló más:
- Mi pgoblema, al ser verdugo, es que me voy a pudguig muy pgonto...
- Sí, le entiendo perfectamente, siga usted explicándomelo -mintió Ana.
- Pues, vea usted -continuó el hombre sacando algo del bolsillo interno de su americana con la mano que tenía libre- esto -dijo- es una zanahoguia.
- Si, siga usted...
- Y esto otgo -dijo el hombre poniendo la pistola sobre el piso y sacando con esa mano algo que al parecer se encontraba dentro de su zapato izquierdo- ...y esto otgo es una guemolacha, migue usted el intenso colog gojo que se despguende de sus gaíces cuando las cogto con los dedos... y es que yo cogto las gaíces con los dedos pogque no tengo tijegas, ¿me compgende usted? No tengo tijegas paga guecogtagle a esta guemolacha las gaíces, y que usted vea el humog gojizo que mana de estas tiegnas gaíces...
Al escuchar esta última palabra, Raúl sintió que su felicidad desbordaba ya todos los límites, los límites físicos y los abstractos, su felicidad sobrepasaba ya hasta el límite que separa la vida de la muerte, Raúl se sintió el más feliz entre los mortales.
- Entonces, señor VERDURO... -aventuró Ana, que creía por fin haber entendido- ¿No le parecería a usted más sensato permanecer dentro de la nevera...?
|