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Ana se estiró voluptuosamente entre las sábanas y entreabrió apenas los ojos.
Amanecía y las gotas de lluvia golpeaban los cristales del gran ventanal.
No, ese golpeteo no la había despertado, se dijo metiendo la cabeza bajo la almohada, era Raúl tecleando en su ordenador.
Saltó de la cama y descalza se vio reflejada en el gran espejo del armario.
-Bueno -dijo contemplando sus alborotados y largos cabellos. El ligero y corto camisón apenas le cubría los muslos, largos y torneados-. Me veo genial, y mi chico tendrá que pagar con besos este temprano despertar.
Salió al corredor y de puntillas se dirigió al pequeño estudio. La suave luz se filtraba por el bajo de la puerta, que Ana abrió sigilosa.
Raúl aporreaba como un poseso el teclado, su perfil desvelaba la concentración en que se encontraba, mantenía un cigarrillo encendido entre los dientes y el humo le hacia entornar los párpados.. Su cara reflejaba los azules de la pantalla del ordenador.
Se acercó suave, y ya en su oído le dijo bajo:
-Pareces un personaje de película de cine negro de los años 50 -y riendo se metio bajo su mentón besándolo en el cuello y mordiéndole vengativa.
-¡Ana! ¡Qué susto! Quieta, me haces cosquillas -se defendía él, hasta que la atrapó por la cintura y la sentó sobre sus rodillas-. Me las vas a pagar... Te me voy a comer entera por romper mi inspiración.
-¡Monstruo! -ella luchaba haciendo como que quería escapar de sus brazos-. No me dejas dormir...
Pero los besos y las intensas caricias de Raúl la obligaron a responder y olvidar la bronca que pensaba echarle.
-Me vuelves loco, Ana -le dijo sobre su boca mientras acariciaba sus pechos-. Necesito sólo unos minutos para terminar, cariño ¿me preparas un café muy cargado? Prepárate a que esté despejado. Vas a sentir haberte despertado.
-¿Tu crees? -Le miraba picarona levantándose de sus rodillas-. Tal vez se me hayan pasado las ganas...
Raúl le acarició el trasero mirándola escapar.
-¡Preciosa! Cariño, estás...
Ana salió riendo dirigiéndose a la pequeña cocina.
Mientras el aroma del café y las tostadas la envolvía, preparaba una bandeja con todo lo necesario.
Sonriendo recordó la época de ambos en la universidad, su amor, sus ilusiones y deseos. Al terminar sus carreras comenzaron a vivir juntos en éste precioso apartamento.
Raúl, en cuatro años se había hecho un nombre como escritor y guionista de cine. Ella también en su parcela como periodista había conseguido logros que la habían asombrado.
Pensó de pronto que había llegado el momento de crear algo más entre los dos. Si. Crear una familia, tener hijos, asentarse y disfrutar de lo conseguido.
Pasaba miedo, mucho miedo cuando Raúl se metía en los peores antros de los barrios bajos. Los más peligrosos de la ciudad, para investigar personajes y casos difíciles para sus obras.
-Tenemos que hablar -se decía en voz baja Ana mientras empujaba con la cadera la puerta, cargada con la bandeja del desayuno-. Tendrá que cambiar las formas de conseguir argumentos.
Su voz suave se cortó de repente. En el salón un hombre le apuntaba con una automática.
Ojos grises de mirada fija, rostro de mandíbula cuadrada. Serio, alto y fuerte.
No pudo gritar y la bandeja cayó de sus manos al suelo con estrépito. A continuación escuchó los pasos rápidos de Raúl acercándose.
-¡Quieta o le disparo a él!
Su voz profunda y ronca resonó en el silencio de la madrugada.
Raúl se paró por un segundo al ver la escena, y sin decir palabra se acercó a Ana, rodeándola con sus brazos, sin perder de vista al hombre.
-¿Quien es usted? ¿Qué quiere? -su voz era firme e imperiosa y lo miraba fijamente.
-¡Siéntense y no quiero gritos! -dijo el sujeto sinuosamente-. O me veré forzado a disparar.
Ana se abrazó a Raúl asustada pero aquella aura de violencia y maldad que destilaba aquel hombre. Era frío como el hielo...
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