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Esa niña de cabello negro, ojos cafés, tez trigueña iba creciendo, pero siempre trabajando en el campo con su padre.
Le asignaban trabajos sin ni siquiera pedirlos y sin ser de su gusto, pero tenía que hacerlos.
En las madrugadas a eso de las 4:00 antes de ir a la escuela, había que dejarlas ordeñadas, la niña que ya había crecido un poco más, tenía que hacerlo, hasta donde el tiempo alcanzará, no había equipo, entonces se hacía manual.
Ella hablaba con la vaca, la llamaba por su nombre, parecía que se entendían y se volvían a ver, caminaba hasta el sitio y allí lazando sus patas la deparaba, traía su ternero para que ayudara a bajar la leche, lo quitaba y amarraba, ella se agachaba lavaba la ubre la secaba, colocaba un balde y allí continuaba hasta sacarle la última gota de leche.
Le deba el ternero, soltaba la correa de las patas y pareciera como si hablaran el mismo idioma, sin decirle que desalojara el lugar la vaca y su hijo lo hacían.
Así trascurría el tiempo, hasta que miraba su reloj y observaba que era tiempo ya de dejar esa labor, y alistarse para ir a la escuela. ¡Que día! No es cierto?...
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