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“¿qué es ese ruido?” preguntó Inés con un sudor frío bajando por sus mejillas, “no sé” respondió Amalia con la sábana hasta la nariz, apenas se entendía lo que decía. “yo no me muevo de aquí” volvió a hablar Inés; Amalia la mira con ojos a punto de salir de sus órbitas, “pues habrá que pedir ayuda, digo yo” dijo con acento sarcástico, pero ninguna movía un dedo de sus respectivas camas.
En tanto abajo los ruidos continuaban incesantes, eran extraños, como si algo se arrastrase por el suelo, llevándose todo lo que encontraba a su paso. Se oían caer cosas de las estanterías, pero parecía que solo las dos chicas lo escuchaban, ya que los demás dormían a pierna suelta a estas horas de la madrugada. Lo que fuese que estaba allí fuera, ahora se escuchaba más cerca, respiraba, de manera entrecortada, pero se sentía como si llevase el mundo encima. Además se notaba un olor extraño procedente de fuera. Era como si la putrefacción se apoderase de la casa de los Jiménez. Amalia estaba al borde de la histeria, se había metido en la cama con su prima Inés, no tenían ni idea de lo que se avecinaba, en aquella remota granja perdida entre las montañas del los Pirineos, el viento del otoño soplaba en noche con un lúgubre y lastimero canto que parecía meterse por los oídos como un clavo en la madera.
“! Inés…,! que viene! Llamemos al tío” decía Amalia, pero al mirar la faz de su prima vio como palidecía de terror, no podía mover un solo músculo de su delgado cuerpo.
Mientras fuera, la criatura, por así llamarla de algún modo, estaba frente a la puerta de las chicas, la respiración y el hedor eran más fuerte que antes, la puerta se oía crujir ante el peso de lo que fuese que estaba al otro lado de la misma. En un acto de valentía Amalia de un salto colocó la silla que estaba al lado del armario, como modo de barrera, y volvió junto a su prima, que ahora ya estaba en estado casi catatónico.
Un portazo…, un ruido fuerte y seco, al cual reaccionaron las chicas pegando un salto sobre la cama, abrazadas como quien está a punto de caer de un acantilado escarposo, sentían como se mezclaban sus lagrimas en carrera hacia el vacío. De pronto sintieron una voz dentro de sus cabezas, se miraron perplejas, porque descubrieron que ambas la escuchaban, pero no sabían de donde provenía, les decía: “vengo a daros lo que necesitáis, abrid y disfrutareis de mis deleites, abrid”….
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