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Allí, alrededor de una larga mesa, estaban sentados jóvenes de ambos sexos, ninguno mucho mayor que Donne, y algunos magos mayores que ellos, presumiblemente maestros o magos investidos. A la cabecera de la mesa se sentaba un anciano de aspecto venerable, de larga barba blanca y vestido con la túnica morada que revelaba su alto rango. Donne, ayudado por Deva, se sentó al lado de una joven de su misma edad. La saludó, pero solamente obtuvo una cortés inclinación de cabeza por respuesta.
-Por favor, te ruego que disculpes a los aprendices- dijo un mago que estaba sentado a su otro lado-: estos días no tienen permitido hablar ni reír.
-Entiendo-mintió Donne. La verdad es que no lo entendía. ¿Por qué se les prohibía hablar o reír?
-No le des muchas vueltas- dijo una voz conocida a su lado-. Yo misma aún no entiendo algunas cosas
Quien había hablado era una mujer de un escaso metro y medio de altura, que en ese momento le servía sopa. A Donne le resultaba muy conocida la voz.
-Veo que ya estás recuperado- le guiñó un ojo.
-Sí, pero desde luego no estoy dando brincos- sonrió él: la había reconocido-. Imagino que vos debéis ser Selenia Mascapiedras
-¿Y quién si no? Y ese viejo de ahí-señaló al anciano sentado a la cabecera de la mesa-, es el hechicero Arghen.
El mago alzó la vista y sonrió.
-¿Instruyendo a nuestro invitado, mi querida Selenia?- inquirió amablemente-. Sírvele doble ración de sopa: está en los huesos- la enana obedeció y se retiró-. Chico, siento lo del hechizo del sueño. La intensidad estaba calculada para dormir a una elfa y me temo que no pensé en su compañero humano. Te pido disculpas.
-No os preocupéis, hechicero Arghen- respondió el muchacho
-Me alegra ver que no me guardáis rencor por ello. Ahora, os pido que disfrutéis de mi hospitalidad y de la excelente cocina de Selenia-la enana se ruborizó.
Al tiempo que conversaba con su amiga Alyssa, Arghen observaba al compañero de Deva con interés. La elfa oscura que él había conocido dos siglos atrás no ocultaba su desdén hacia los humanos, pero ahí estaba: con un humano como amigo. No le sorprendía, la verdad, pero creía que aquel joven debía tener algo extraordinario para que Deva, quien a pesar de haber abandonado su odio hacia los humanos mucho tiempo atrás, aún se mostraba reservada al tratar con ellos, lo tomase bajo su protección. Después, observó a la elfa. Parecía sentirse un poco más cómoda que la última vez que había estado allí, aunque puede que tuviera algo que ver con el hecho de que ninguno de los magos que entonces la conocían y despreciaban estaba presente. Exceptuando a Arghen, pero él nunca había sentido animosidad hacia aquella desconcertante elfa oscura.
-Arghen- murmuró entonces la elfa. Las conversaciones se interrumpieron y todos miraron con interés a Deva. Todos habían oído hablar de ella, y querían oír lo que sin duda sería algo interesante.
-Dime, Deva
-¿Por qué nos has traído aquí?- hizo un gesto muy suyo: cruzó las manos y apoyó la barbilla en ella, mirando al mago fijamente, sin parpadear.
-Se trata de un asunto de máxima importancia que preferiría tratar en privado contigo- se retiró el pelo detrás de la oreja izquierda, un gesto que podía parecer casual, pero que para Deva tenía significado: detrás de aquella oreja se hallaba el tatuaje que ella también tenía.
Suspiró. Sin duda se trataba de una nueva búsqueda. Por lo general no tenía inconveniente en hacerlo, pero tendría que dejar a Donne por algún tiempo, ya que él no había sido reclutado.
Cuando estuvo segura de que todos dormían, se deslizó por los pasillos, discreta como sólo ella sabía ser, hasta la cámara de Arghen.
-Vaya, Deva, cuánto tiempo- dijo una voz chillona
-¡Hay que ver cuánto has crecido!- dijo otra, más chillona si cabe que la primera
Deva sonrió a las pequeñas gárgolas que un segundo antes eran meras estatuas de piedra encima de la puerta de Arghen. Ellas eran las guardianas de la cámara, y solamente se podía entrar con su consentimiento. La primera vez que habían visto a Deva la habían atacado, creyendo que era una enemiga, pero por suerte para las gárgolas, Arghen estaba cerca.
-Pasa, Arghen te espera- dijo la primera
-Tienes mucho que contarnos, elfa- murmuró la otra, mientras la puerta se cerraba tras Deva.
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