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NATSUKO
Jamás imaginé que estar tan lejos de mi hogar fuera ser tan duro. Aquí las gentes son muy amables, pero nadie puede darme lo que necesito. Escribo estas líneas sentada frente al fuego, con los postigos cerrados para que nadie sospeche nada al ver a una campesina que sabe escribir, ya que eso podría hacer que me mirasen con desconfianza. Por suerte, Taro y Emi están dormidos: me resultaría muy difícil convencerles de que no dijesen nada. Aún doy vueltas a todo en mi mente, aún recuerdo el día que comenzó mi exilio, el olor a carne quemada, la sangre que teñía mi espada, los gritos de los demás habitantes del castillo.
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Notó que alguien caía a su lado, probablemente Julián, pero no tuvo tiempo de comprobarlo: lanzó una estocada en dirección de un enemigo. A soldado, un hombre alto y fornido que se había reído de ella al ver que era una mujer, se le pasó a risa de golpe al verse con un palmo de acero entre las costillas. Natsuko se volvió hacia otro y se preparó para continuar luchando, pero de pronto, de no se sabe dónde, surgió un caballo negro, que llevaba a su grupa a un hombre altísimo, que medía por lo menos cuatro codos, y llevaba una armadura erizada de terribles pinchos.. A su paso, todos, aliados y enemigos, se apartaron con temor y respeto, excepto Natsuko, quien aguantó firme hasta que él llegó a su altura.
-¿Sois vos Natsuko de Urdin? – dijo con voz cavernosa. A nuestro alrededor, la lucha se había detenido, como si todos estuviesen hechizados, paralizados.
-Soy- se despojó del casco y alzó la barbilla en un gesto que los soldados más viejos reconocieron como el de su padre- ¿Quién lo pregunta?
-Aquel a quien vais a acabar rindiendo homenaje. ¡Escuchad todos!- bramó- ¡Los que os amparáis bajo el escudo de los Urdin tenéis una semana para abandonar el castillo!
Dio media vuelta y, seguido por sus soldados y-Natsuko se fijó-, por algunos mercenarios que ella había reclutado, abandonó el campo de batalla, bajo la fría llovizna que comenzaba a caer.
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NATSUKO
Aún ahora me estremezco al recordar a aquel hombre, del que no supe el nombre hasta que, varios años y varias muertes más tarde, me lo encontré, viejo y acabado y, desgastado el viejo odio, le di una muerte que él me suplicó. Sin embargo, por esa época era un hombre feroz y cruel que, sin vacilar, mató a todos aquellos que, por no tener otro sitio al que acudir, se quedaron en el castillo. Por supuesto, yo no me encontraba allí, pues aquella misma noche, dormida mediante una poderosa poción, algunos de mis hombres me sacaron del castillo y me llevaron hasta un pueblo a dos jornadas al norte, donde me desperté. Huelga decir que estuve a punto de ensartar a mis leales cuando me enteré mediante qué artimaña me habían sacado del castillo, en contra de mi voluntad…
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-Pero, señora… -protestó débilmente un joven soldado, tal vez un par de años más joven que Natsuko, al ver que ella comenzaba a empaquetar sus cosas.
-¡Nada de señora!- bufó ella, mirándolo con ojos furiosos- ¡Dije claramente que yo no quería huir como una vulgar cobarde!- tiró al suelo, con rabia, una jarra de cerámica que había en una mesita.
-Alec- murmuró una voz desde la puerta-, vete. Lady Natsuko y yo debemos hablar.
Visiblemente aliviado, el joven se apresuró a obedecer. El que había entrado cerró la puerta y, acto seguido, se agachó y comenzó a recoger los trozos de cerámica.
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