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Título: juegos de identidad
Estilo: Fantásticas
 
 
Introducción
 

Autor: Ekc


Inmediatamente salió de la Terminal, Gustavo Sáenz tuvo una vez más la sensación que algo le hacía falta. Echó por segunda vez una ojeada al elemento que constituía su único equipaje, un portafolio de cuero negro. Todo parecía estar en orden, pasaporte, documentos migratorios, cartas consulares y notariales, fotografías, incluso el libro de administración financiera que pasó comprando en la última tienda libre visitada. “Cómo administrar sus recursos”, era el título del libro que Joaquín le había recomendado y que recordó en el momento en que vio la pasta azul metálico con letras doradas en la estantería de la tienda. Treinta y cinco dólares le pareció un precio razonable, por lo que no dudó en expurgar su billetera por tres billetes de diez dólares recién sacados del cajero automático y complementó su precio con algunos de a dólar que le proporcionaron como vuelto en su última visita a Pierre´s, su restaurante regular cuando no quería encontrarse con ninguna de las personas de su oficina.

Especialmente, no quería ver al payaso de Salgado, siempre con sus bromas estúpidas que ponían a prueba su paciencia. Ese personaje reunía, según su criterio, todos los defectos más detestables que se le pueden atribuir a un ser humano. Víctor Salgado es un tipo alto, risueño y con aires de bonanza reposada. Siempre tenía un cumplido a flor de labio y sus primeras palabras siempre denotaban cierto aire de familiaridad. Es de las personas que su sonrisa siempre va acompañada de una bromita casual que normalmente causaba la risa cómplice de los más jóvenes e ingenuos de la empresa. Se había ganado el respeto y admiración de la mayoría de sus colegas, excepto el del licenciado Sáenz, quien no dejaba de imaginar alguna oportunidad de desenmascararlo públicamente. Para él, su sonrisa debía ser una de las más hipócritas que jamás había visto.

Hizo la señal para detener alguno de los taxis que iban pasando en el momento. El primero iba a excesiva velocidad, el segundo iba no sólo con pasajeros sino además ridículamente cargado de maletas y regalos que le daban la apariencia de un almacén ambulante. El tercero pasó dos minutos después y se detuvo a cinco pasos tras de él. Del vehículo descendió una mujer no tan joven y no tan vieja con dos maletas en la mano, a toda prisa hacia la Terminal. Tiró la colilla de cigarro a la cuneta, ese mismo que había encendido hacía unos segundos atrás debido al tedio de la espera y entró en el taxi. Un hombre de raza negra con todas las características de un jugador de baloncesto de la NBA, le recibió con un frío y casi rutinario ¿hacia dónde?...

Extendió hacia el motorista el billete sin disimular su completa atención hacia el rótulo neón que tenía enfrente. Salió del vehículo sin notar la molestia del taxista quien le gritaba que le había dado tan solo un billete de diez dólares, de esos mismos recién sacados del cajero automático. Confundía los gritos del taxista con el ruido de la calle, caminando a paso lento, alejándose del taxi, sin enterarse siquiera cuando le apuntó con el arma. La multitud de gente y carros, desatendidos de lo que pasa a su alrededor, como es característico de las grandes ciudades, en las que las personas son difícilmente abordables y que sólo se le ve congregadas, como en aquella circunstancia, por el sonido del disparo y un cuerpo tirado en el piso.

En ese momento se despertó sobresaltado. Por un momento sintió que le faltaba la respiración. Se sentó en la cama y vio a la rubia con el pecho al desnudo que estaba en ell extremo de su cama. Giró su cabeza hacia la cómoda a la par de su cama y alcanzó a ver el mismo portafolio de cuero negro. Fue entonces que recordó lo que hacía falta y que no pudo precisar en la Terminal: su identidad. Gustavo Sáenz había muerto. De aquí en adelante, se haría llamar Víctor Salgado...

 
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