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Erika observó con aire sombrío la dantesca escena a sus pies: en las puertas del castillo, varios campesinos se enfrentaban a los soldados y no faltaba sangre. La joven miró hacia atrás. Las llamas ya devoraban la habitación. Ahora sí que debía hacer lo que tenía planeado: elevó una rápida oración por su alma al dios de su amado, rogando porque se cumpliera lo que debía cumplirse, porque se reencarnaran pronto. Se despojó de su capa y sin pensárselo mucho, se tiró al vacío.
* * *
Sobresaltada, Helena se despertó. Su cuerpo estaba empapado en sudor y aún tenía en la memoria la escena que acababa de ver en sueños: notaba el calor de las llamas, oía los gritos, y tenía en su estómago la sensación de caer al vacío, ala oscuridad de la batalla. Sacudió la cabeza para conjurar esas imágenes y saltó de la cama. Olía a tostadas y café... Corrió hacia la cocina: su novio, Jack, ya estaba allí, y se mesaba el cabello negro, ya revuelto, mientras leía el periódico.
- ¡Buenos días!- lo abrazó por detrás.
El joven le dio un beso distraído y se volvió de nuevo a su periódico. Helena se sentó a su lado y en ese momento entró Justin. Era el hermano de Helena, y como siempre, entró vestido tan sólo con el pantalón corto de pijama.
- Justin... ¿No podrías venir completamente vestido por una vez?
El joven acusó la pulla de su hermana y, haciéndose el ofendido, se encerró en un digno silencio. Entonces entró una chica en la cocina y, sin tan siquiera percatarse de la presencia de los otros, se acercó a Justin y lo besó. Esta vez era morena. Jack y Helena intercambiaron una mirada divertida, pero no dijeron nada. Justin miró el reloj y se atragantó.
- ¡Joder! Llego tarde a trabajar- sin más ni más, se metió en su habitación y a los cinco minutos, vestido con ropas arrugadas, salió corriendo del piso, al tiempo que se llevaba una tostada a la boca.
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