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Se ocultó en un callejón, a la espera de una señal. Las órdenes habían sido claras: coger el paquete, escapar sin que nadie la viera y esconderse allí hasta que llegara el intermediario. Guardó el paquete entre los pliegues de su capa, comprobando, de paso, si las armas estaban en su sitio. Las dos dagas ligeras de la cintura estaban en su lugar, así como las largas agujas que ocultaba bajo las mangas y las bolsas con cápsulas de veneno y narcótico sujetas a una banda que pasaba justo por debajo de su pecho. Por costumbres adquiridas en el entrenamiento más que por necesidad, llevaba unos pequeños garfios colgando del cinturón y un par de resistentes cuerdas de nylon que, además, eran útiles a la hora de ahorcar a alguien, aunque prefería las dagas, ya que eran más rápidas y eficaces.
Agudizó los sentidos al ver acercarse a un hombre con capucha que andaba encorvado y con una ligera cojera en el pie derecho. La asesina pensó que era la actuación más pobre que había visto en su vida. El hombre ni siquiera arrastraba bien la pierna y el bastón, colgando de su mano y sin apoyar en el suelo, restaba credibilidad a su burdo disfraz. Al llegar a su altura, el hombre alargó la mano.
-Veamos si traes lo que te pedí.-Dijo, con un tono de voz grave.
La asesina sonrió de medio lado, arrogante y segura de sí misma, y le entregó el paquete. El hombre lo abrió y tanto él como ella quedaron sorprendidos por el contenido.
Una calavera de jade perfectamente pulida les observaba con ojos de ónice, burlándose de ellos. De su boca sobresalía un pedazo de pergamino. El hombre lo sacó y lo estiró. En él podía leerse:
"Alea jacta est"
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