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Cerca del atardecer, teñido el cielo de celajes rojos, se asomaba la cara pálida del hermoso satélite. Bajo el balcón de la vetusta casa, Dafne, la joven de delicada silueta, tomaba entre sus dedos un pedazo de lápiz, casi no tenía punta, y afanosa buscaba entre los pliegues de su falda una navaja para sacar punta a su más preciado tesoro. Sobre sus piernas algunas hojas de papel, arrugadas y amarillentas por el tiempo, esperaban las letras de la grácil joven.
Sus ojos, cual brasas en la oscuridad, asomaban en su afilado rostro; su mirada se perdía hacia un cielo brillante, nítido, donde la luz esparcida de la luna bañaba dulcemente el campo.
Listo el trozo de lápiz, alisadas las hojas, Dafne, cerraba los ojos, y con los oídos llenos de los susurros del viento, escuchó... decía la luna "hoy he visto a un niño llorando junto al río, tenía entre sus pequeños brazos, una hermosa mascota; un perro blanco, este gemía y las lágrimas asomaban de sus ojos café... se juntaban con las del niño, luego oí como llegaban los adultos, gritaban en busca del niño.
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