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El solo sonido de su voz, provocó un inmenso mar de lágrimas que dejé en libertad sin oponer resistencia.
Mi mano temblaba mientras sujetaba el auricular y mi voz desapareció por completo.
De pronto él se cayó y yo tragué saliva con nerviosismo.
Las palabras que escuché helaron mi cuerpo: "¿Y si muero mañana, que me dirias hoy?"
De nuevo aquella sensación extraña que me había embargado hacía un rato volvió para encogerme el alma, mientras el mi corazón palpitaba al compás de los pitidos que emitía el telefono después de que él cansado de esperar mi respuesta, colgara.
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