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Y entonces mi yo triste se sorprendió ante ese alguien que le resultaba tremendamente misterioso, ese Alguien que le hacia interrogarse a él mismo, que le hacía comprender que no era del todo el yo que debia ser, que estaba incompleto y que necesitaba de ese y de otros Alguien para ser realmente yo.
Después de interperarse a sí mismo, mi yo, el que hasta ahora solo era un mar de lágrimas, dejó de llorar-y es que ya casi se le habían acabado...Entre esas miles de preguntas que le abordaban había una que martilleaba constantemente la cabeza de mi melancólico yo. Esa pregunta era qué tenia de especial ese Alguien que le había hecho palntearse toda su existencia hasta el momento.
Aunque realmente esa pregunta tenia una respuesta que mi yo ya conocia incluso antes de que se la formulara, lo que ocurría era que no quería reconocerlo abiertamente.
Lo que sucedía era bien sencillo, mi yo apesadumbrado y lacrimoso había descubierto que era necesaria una sencilla operación matemática para comprenderlo. Y es que mi yo más ese Alguien tenían como resultado un Todo.
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