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El sol entraba por las ventanas y el fresco viento matinal refrescaba su cara adolorida. Apenas pudo abrir los ojos. Una voz lastimera, un quejido, salió de sus labios hinchados. No recordaba muy bien lo sucedido, el sueño había sido profundo, sin dolor y sin embargo, en ese momento, era un cuerpo que gritaba con solo un pequeño movimiento. Apenas consiguió recostarse sobre las almohadas. Miro alrededor y la luz del gran ventanal hirió sus pupilas.
Levantó sus manos para cubrirse de la luz y pudo verlas, totalmente negras. Era sangre, seca. Una de sus uñas había desaparecido. Consiguió recostarse sobre uno de sus lados escapando de la luz y observó la blusa rasgada y ensangrentada. Siguió observando, estaba sin calzón, semidesnuda y sobre sus piernas rastros de sangre que habían salido de entre sus piernas. Los moretones estaban por todos lados.
Levantó su blusa para verse la barriga y no había nada que recordara a su tersa piel sonrosada. No se trataba de una liposucción, que recordaba de hace unos años, sino de los golpes recibidos por Javier. – Javier – se dijo a si mismo y comenzó a llorar a pesar del dolor. Estuvo así unos minutos, llorando, sin dejar de pronunciar el nombre de Javier. Las lágrimas se habían convertido en aguas sanguinolentas que le rodaban por la cara y manchaban los hombros de su blusa y la sabana. Se calmó e intento pararse.
Nunca había sido tan intenso y duro el dolor. Lo consiguió y caminó hacia las ventanas y una a una las fue cerrando. La penumbra le gustó mas y pudo ver mejor sin que sintiera muchas molestias en los ojos que los tenia casi cerrados. Se dirigió cojeando hacia el baño donde abrió la llave de agua caliente de la bañera, luego se sentó en la taza y orinó. Pocas partes de su cuerpo se habían salvado de los durísimos golpes de Javier y así había sobrevivido. Quiso defenderse como lo había hecho en otras ocasiones pero esta vez él estuvo poseído por una fuerza diabólica y descomunal. Se quito la blusa y se observó en el espejo. No era ella, quizás era un sueño, sin embargo era el dolor el que le hacía ver que todo era real.
El agua tibia llenó la bañera. Entró en ella y a pesar del ardor que sentía de las magulladuras esta era menor a los dolores corporales. Quizás una semana no iría a trabajar, llamaría diciendo que estaba enferma, aunque en la oficina ya no le creerían y ya varias personas sabían que el gerente de la empresa, su esposo, lo había golpeado. Tenía vergüenza, pero pensaba que no podía hacer nada. No tenía a donde ir y ya no era la chica preciosa de 18 años que embobaba a cuanto hombre la veía pasar. Vivía del salario con la que sustentaba al único hijo de ambos que vivía con su madre...
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